Los LABs ciudadanos como ética transware

Todo proceso de insurrección sabe que la lógica no está en el orden, no está en lo organizado. Que todo parte de situaciones que, a menudo, no se han previsto, que se corresponden con acciones libres engarzadas. Que esas situaciones generan otras nuevas, a menudo inopinadas y accidentales (felices accidentes) y que en ese caldo de cultivo, abierto, natural y espontáneo van germinando nuevas formas de ver, de comportar, de relacionar, de entender… quizá esto sea lo que hay que comprender para reenfocar eso que se ha llamado gestionar. La micropolítica de la ciudad no entiende de estructura.

Hasta ahora, desde ese modelo de la “ciudad administrada”, todo ha sido fácil: todo formaba parte de una programación bien estructurada y el consumo estaba controlado. La ciudadanía usuaria se sumergía en realidades unidimensionales creadas, según esas nuevas tendencias de marketing, para enriquecer sus experiencias; la ciudadanía consumidora adquiría tranquila lo que se le ofrecía porque los mejores expertos se ocupaban de cubrir sus necesidades; la ciudadanía participativa se sumergía en estimulantes procesos que alimentaban la ilusión de pertenencia. Y la nueva ciudadanía digital experimentaba una libertad virtual sin conciencia ninguna sobre los algoritmos que realmente les gobernaban.

La ciudad programada ha sido (todavía es) el  método por excelencia para perseguir y alcanzar ese sueño de desarrollo neoliberal que tanto ha ilusionado en los últimos años. Desde ese modelo, desde la programación experta, la administración local ha privatizado el derecho a la ciudad mediante un modelo distributivo compacto y concluyente. Se podría decir, en la linea de Harvey, que ha habido una “desposesión por gestión”

Pero la transformación no llegará por esos procedimientos de compra-venta que conlleva la programación-mercancía. Ya no sirve ese modelo de difusión, de oferta, de reparto de contenidos. Ya no sirve esa gestión industrial que encajaba a la perfección dentro de los ciclos de consumo en una circularidad cerrada y controlada. Un apaño para el simulacro. La programación como arquetipo de la gestión ha tenido dos efectos inmediatos: 1.- ha resultado ser una de las razones por las que la ciudadanía se ha apartado de su compromiso generativo; y 2.-ha sido una eficaz herramienta para modelarlo todo desde el ideario y la doctrina de las élites políticas y técnicas.

¿Y si transformamos ese modelo? ¿Y si no programamos, al menos, tanto? ¿Y si abrimos el campo de lo posible? ¿Y sin en vez de externalizar procesos, internalizamos conocimiento? ¿Y si cedemos espacios físicos y simbólicos? ¿Y si abrimos nuevas vías de escape? En definitiva: ¿y si aparcamos ese “gestionismo” mecanicista tan propio de las corrientes tecnocráticas y fundamentadas sobre la supremacía de la expertos?

Hablo de apostar por la provocación, por la inducción y por el nomadismo como lineas de fuga, hablo de rechazar esa planificación estratégica que nos ha traído hasta aquí, hablo de huir de los planes directores (uniformizadores de mercado y fanáticos del largo plazo). Hablo de embarcarnos en procesos de deriva, en una narrativa que se vaya construyendo desde el análisis sincrónico, la reflexión representativa y la memoria social: desde las modificaciones y las acciones de guerrilla. Hablo de imaginar y favorecer centros públicos que funcionen como espacios situacionales. Quizá la salida más apropiada para aproximarnos a una gestión ciudadana descolonizada. Espacios que engendren.

El horizonte es la conectividad situacional, algo que va más allá de de los dispositivos y las tecnologías. La provocación, la inducción y el nomadismo como “fuerza de la resistencia” en palabras de Rancière, la reinterpretación de lo impuesto. Un espacio situacional es una ruptura con el orden oficial de la oferta, un territorio en el que se tramitan las grietas, un metabolismo cotidiano. La comisión de actos impuros. La provocación también es la búsqueda, la decodificación de la certeza, la realidad múltiple, el desanclaje de los hábitos. Por eso supera la lógica de la programación, la lógica de la contabilidad, la categorización cuantitativa, la acción objetualizada, la producción alienada…  Y, también por eso, no encaja con todos esos estándares e indicadores que reclaman datos de impacto, de resultados, de cantidades frías… ¿Cuál es esa perspectiva situacional? Saber dónde estamos (situación como lugar de partida) y saber qué somos (situación como lugar de construcción). Un espacio situacional es la comunización. Es el poder performativo y el poder compartido; el poder para y el poder con; el control ciudadano por todos los recursos materiales y simbólicos

Los LABs son esos espacios situacionales. Por eso no hacen ruido contable sino que potencian “lo que sucede”, no se apoyan en esa necesidad de oferta que mantiene la lógica de la gestión distributiva. Y también terminan con esa obsesión sancionadora que conlleva la meritocracia neoliberal: la reválida de lo excelente, el reparto selectivo del mercado, las lógicas del rendimiento, del más fuerte, del competitivo… Es una reconceptualización de la práctica política y de los modelos de gestión.

Los LABS se constituyen en espacios para la práctica comunitaria más allá de esas performances de participación… Funcionan como un rizoma que permite que esa inteligencia ciudadana pueda evolucionar sin protocolos normativizados: La ética transware. Se convierte el proceso en práctica. La generación de conocimiento desde el común para el común. Un espacio público intelectual para la distribución abierta del conocimiento comunitario. Los LABs no son objeto sino comunidad y por eso mismo en ningún caso deben considerarse  como “espacios cedidos” sino “espacios de emancipación”.

Los espacios situacionales, los LABs, son el lugar donde realmente ocurren las cosas, donde realmente se produce y discurre la comunidad y la ciudadanía. Ya nos hemos preocupado por el hardware, hemos construido, ya nos hemos preocupado por el software, hemos distribuido. Preocupémonos ahora por el transware: conectemos, engendremos.

De la programación a la provocación. De lo distributivo a lo situacional. De lo institucional a lo comunal.

José Ramón Insa Alba

Coordinador de Proyectos y Redes en la Sociedad Municipal Zaragoza Cultural. Area de Cultura del Ayuntamiento de Zaragoza. Pasé por ZAC durante cuatro años como responsable del ThinkZAC.

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2 Comentarios
  1. Inapelable e impepinable!
    “La micropolítica de la ciudad no entiende de estructura”
    “De la programación a la provocación. De lo distributivo a lo situacional. De lo institucional a lo comunal”
    Ahora sólo falta hacerlo, o mejor, seguir haciéndolo.
    Eskerrik asko.

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