«Las ciudades tienen la capacidad de proporcionar algo para todo el mundo, sólo porque, y sólo cuando, se crean para todo el mundo«.

Jane Jacobs

 

Primero fue un cartel de prohibido. Luego una serie de señalizaciones. Al final llegaron las vallas, los bolardos e incluso en algún sitio, los altos muros.
Todo se ordenó con diferentes fines, a veces para facilitar la convivencia y otras veces para simplificarse la vida.
Con el tiempo el espacio público pasó a ser, sin ninguna oposición, el espacio de nadie.

Si a la hora de pensar en nuestras calles, tuviéramos que crear un listado de cosas prohibidas podríamos pasar horas sumando y sumando:
No se puede pintar, ni hacer una barbacoa, ni desnudarse, ni ducharse, ni beber alcohol, ni montar una tienda de campaña y tampoco se puede hacer una concentración espontánea entre otras cosas.
¿Qué se puede hacer en el espacio público?
Muchas cosas pasivas y prácticamente ninguna que interfiera o modifique lo que está preestablecido.
Podemos generalizar diciendo que ningún país ha elaborado una legislación amplia y adaptada a las posibles necesidades de los diferentes colectivos que habitan los pueblos y las ciudades. En este sentido, podemos concluir que a nivel global, ha habido una tendencia aplastante que ha elegido simplificar el uso del espacio público primando cualquier prohibición frente a la flexibilidad o al acuerdo.
¿Os imaginariais un barrio donde se permitiera usar el espacio público de cualquier manera con tal de que fuese consensuado por más de 10 personas?
¿Sería el caos? ¿O sería tan complicado que al final no se llegaría a cambiar casi nada?
Es difícil alcanzar la autorregulación y por este motivo entre otros, nos resulta lógico considerar el espacio público como un lugar de tránsito, sin dueñas ni patrones.
Nos conformamos con unos parques infantiles acordonados o un diminuto césped para que los perros jueguen un rato; algún banco situado donde queda un poco de espacio y luego largas aceras para pasear, comprar y consumir.

La cuestión entonces es si toda la ciudadanía considera imprescindible utilizar de este modo el espacio público o cree que podrían existir otras formas todavía por descubrir.
También habría que ver, si una parte de la población no desafía ya -a sabiendas o sin saberlo- este vínculo con el espacio público: hackeando tanto lo establecido como lo esperado.
William H. Whyte, destacado urbanista, sociólogo y periodista estadounidense, a lo largo de 16 años estudió los comportamientos humanos en lugares públicos y detectó múltiples ejemplos de cómo las personas acabamos acercándonos a todo aquello que nos permite interactuar, vivenciar y disfrutar del entorno.
Estas observaciones llevaron al Street Life Project, un proyecto que analiza el dinámico comportamiento ciudadano en las urbes.
Años más tarde, Fred Kent fundó Project for Public Spaces, ONG dedicada a impulsar la creación de buenos espacios públicos que favorecen la consolidación de las comunidades.

En las últimas décadas infinidades de iniciativas han planteado otras opciones posibles frente a la pasividad y al desuso de los espacios comunes.
Creatividad, cooperación, ecología, cercanía, reaprovechamiento, son algunos de los ingredientes que suelen formar parte de estas iniciativas.
Se trata a menudo de grupos semi-organizados, como por ejemplo nuestro querido Hackeo Urbano de Espacios o Ideas en Construcción, que aquí en Zaragoza plantean nuevas fórmulas para la conexión con el espacio público.

Existen también grupos o individuos que rompen moldes sin un planteamiento previo y sin una gran organización. Hackean sin preaviso y sin consideración.
¿No ha sido por ejemplo el botellón un acto de reivindicación y de reapropiación del espacio público frente a los altos precios de las bebidas?
Del mismo modo, los descampados pasaron a ser campos de fútbol donde no los había y las escaleras de las plazas altillos para los monopatines: muchos espacios en desuso han pasado a ser, con naturalidad un lugar reinventado.

Cuando la reapropiación del espacio público cuenta con el respeto y la buena convivencia como puntos de partida, podemos afirmar que es en general una acción que favorece enormemente tanto a las personas beneficiarias directas (por ejemplo cualquiera que juegue en el descampado) como en general a la ciudadanía de forma indirecta.
Porque un espacio en desuso es un lugar siniestro porque está abandonado, porque donde no hay gente no hay locales ni tiendas y porque un lugar deshabitado produce miedo y rechazo.
Este proceso inexorable está documentado por múltiples instituciones y colectivos que han vivenciado este empoderamiento social y han trabajado de forma proactiva para que su entorno se reinventara.

La inclusión de las entidades públicas en este proceso de análisis ha sido clave para institucionalizar ciertas prácticas y abordar temas de mayor envergadura.
Los procesos participativos han dejado en evidencia por un lado la necesidad de contar con la ciudadanía a la hora de replantear la convivencia, pero por otro lado han evidenciado la incapacidad de alcanzar gran parte de la población y aquí es necesario analizar el por qué.

Ante todo resulta evidente que una falta de costumbre impide a la gran mayoría formar parte de estos procesos. La educación sigue siendo siempre la herramienta imprescindible para animar el pensamiento crítico y también para argumentar frente a la apatía y el desinterés.
Afecta a la participación ciudadana el no contar con un buen manejo de las nuevas tecnologías, de ahí que todas aquellas generaciones que sí han crecido con un espíritu proactivo y han pasado su niñez en las calles, que han disfrutado del uso de espacios y de los lugares públicos de encuentro (por ejemplo los Centros Cívicos o las asociaciones vecinales) hoy vean mermada en cierto modo la posibilidad de participar a 360º.

Para que no se nos venda el vivir de forma hacinada y precaria compartiendo piso como un avance a nivel urbanístico y para que los procesos participativos no se consideren tales hasta que no participe realmente todos los sectores de la población, es necesario tomar conciencia y usar la reflexión para aprender a participar desde lo común y no desde lo individual.
Participar es crear para el conjunto, creer en el infinito potencial de la ciudadanía como conjunto de diversidad que aporta desde posturas heterogéneas. Nuestro objetivo es facilitar que la convivencia adquiera nuevos principios y que las nuevas generaciones planteen nuevos planteamientos para un espacio público 4.0.

De este modo, consideramos la cultura y el arte un medio fantástico para experimentar y favorecer esta primera fase de acercamiento.
RabalArt en este sentido, pretende utilizar el medio fotográfico para acercar la juventud al espacio público y encontrar un compromiso con él durante el desarrollo de la era digital.

«No hay ninguna lógica que pueda ser impuesta a la ciudad; la gente la hace, y es a ella, no a los edificios, a la que hay que adaptar nuestros planes«.

Jane Jacobs

 

Daniela

Directora y creadora de proyectos. Me gusta sacar lo cultural a la calle. Estoy licenciada en Artes Visuales, especializada en Igualdad, Diversidad y fundamentalmente en la transmisión participativa de los conocimientos. Colaboro con entidades internacionales, con instituciones públicas pero sobretodo con personas.

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