Las cuatro edades de la Red

Un recorrido por la historia de este animal mitológico que llamamos “Internet”. Desde lo distribuido y neutral a lo centralizado y asimétrico, hacia un nuevo escenario de datos, algoritmos e Internet de las Cosas. El paso del esperanzador “Esto es para todo el mundo”, a un mundo de control y atención mercantilizada frente al que debemos forjar nuevas configuraciones técnicas y políticas de la Red.

José Luis de Vicente

La mejor manera que tengo de explicar sobre qué trata este artículo es a través de tres microhistorias auténticas, tres eventos minúsculos perdidos en la acumulación de momentos cotidianos. Las tres han sucedido en las últimas semanas, aunque la dificultad para saber si han ocurrido realmente o no en algún lugar más allá de mi mente, es parte esencial del problema y del conflicto que este texto pretende explorar.

En la primera de ellas, me encuentro paseando por la calle con varios familiares y durante unos minutos nos paramos ante un local llamativo. Se trata de un espacio de coworking, que contemplamos con curiosidad, mientras les explico qué clase de gente suele trabajar en ellos. Dos días más tarde, un anuncio de este mismo espacio aparece entre las publicaciones de mi newsfeed en Facebook. Debido a mi actividad profesional y la de mis contactos -en una gran mayoría profesionales independientes de las industrias creativas y tecnológicas- no es extraño que esté entre los perfiles de usuarios a los que un espacio de coworking nuevo de mi ciudad querría atraer. Y quizás era inevitable que acabase siendo blanco de este anuncio tarde o temprano. Pero lo cierto es que no conocía este local en concreto, y nunca había recibido este anuncio. Preguntarse de qué manera permanecer durante esos no más de ciento veinte segundos en ese punto de la calle, fue lo que determinó que acabase en la lista de potenciales interesados, resulta inevitable.

Dos. Salgo de una tienda de discos en la que he permanecido durante una media hora, mientras buscaba un álbum editado hace poco. Tras muchos años en que todo mi consumo musical tenía lugar en formato MP3 y en servicios de streaming, hace poco he vuelto a interesarme por el vinilo, así que esta es una de las primeras tiendas de discos que visito en mucho tiempo. Decido comenzar a seguir su página en Facebook para estar al tanto de sus novedades, así que saco mi móvil del bolsillo, abro la aplicación y comienzo a teclear en la caja de búsqueda. Por supuesto, en cuanto tecleo la palabra “Discos”, el primer resultado sugerido es la tienda de la que acabo de salir. Es una de las tiendas más prestigiosas de la ciudad, y Facebook me explica que 21 de mis amigos han estado allí anteriormente o ya seguían su perfil. Quizás hubiese sido el primer resultado sugerido si hubiese tecleado la palabra “Discos” en cualquier caso, incluso si lo hubiese hecho hace un año, mucho antes de mi vuelta al vinilo. Aún así, es difícil dejar de sentir que el interfaz va un paso por delante de mi, que tiene una capacidad asombrosa y desconcertante para saber lo que quiero casi a la vez de que lo sepa yo mismo, si no antes.

Del tercer evento hace poco más de 24 horas. Estoy en un barrio de la periferia de Barcelona, sentado en la mesa a punto de almorzar, y como cientos de otras veces de manera casi compulsiva saco mi smartphone y pulso el icono que representa el perfil del pájaro blanco sobre fondo azul para abrir la aplicación Twitter. Tras realizar sobre la pantalla el gesto que en diseño de interfaz de usuario se denomina pull to refresh, consistente en simular con el dedo que arrastro físicamente hacía abajo la pantalla, la aplicación se llena de mensajes nuevos que empiezo a inspeccionar, pasándolos lentamente con el pulgar. Uno de ellos contiene un vídeo que se activa en cuanto se sitúa en el centro de la pantalla. No llego a leer el texto porque el vídeo es demasiado llamativo: muestra imágenes del barrio en que me encuentro y de otros cercanos. Se trata de un vídeo electoral en el que un partido político me pide el voto para las elecciones que tendrán lugar en breve. Lo hace apelando al sentido de orgullo de este barrio, a su identidad y sus valores. No tengo ninguna intención de votar a este partido, pero me sorprende la percepción positiva que no puedo evitar sentir ante un mensaje formado por paisajes familiares, a la vez que me pregunto si vecinos de otros barrios de la ciudad están en esos momentos recibiendo un mensaje similar, ilustrado con imágenes de sus plazas, sus parques y sus calles, en vez de las mías.

De lo distribuido y neutral a lo centralizado y asimétrico

Para el crítico de la tecnología Evgeny Morozov, aquella cosa que llamamos “Internet” es una especie de animal mitológico, posiblemente inexistente. Un proceso histórico que abarca al menos tres décadas, desde los incipientes años 60, en que se sientan los principios técnicos de su arquitectura, hasta los años 90, en que emergen las visiones emancipatorias y liberadoras de este nuevo territorio y comienza su popularización. Para Morozov, de entre todas las infraestructuras de telecomunicaciones, protocolos de software, y arquitecturas de Red que existen, en el proceso de crear “Internet” como nuevo espacio de posibilidad, nos quedamos con un grupo concreto de ellas, y las dotamos de unas capacidades democratizadoras y descentralizadoras inherentes, casi inevitables.

La Internet-animal mitológico de los 90 es un territorio en el que las identidades personales del “mundo real” no existen, y cada internauta puede presentarse ante los demás con los atributos que desee. En la arquitectura horizontal y no jerárquica de esta Internet, todos somos emisores y receptores y todas las páginas web son iguales las unas a las otras, ya seas de una corporación multinacional o de una asociación de vecinos. La disminución sin precedentes del coste de participación, y la posibilidad de colaborar con otros internautas repartidos por todo el globo en proyectos comunes, promete desencadenar unas transformaciones sociales profundas. La Internet de los 90 promete el reemplazo de las grandes organizaciones tradicionales por mecanismos de cooperación sin incentivos económicos, coordinados de manera ligera y algo difusa. Frente a la verticalidad monolítica de los medios tradicionales, Internet se construye sobre un modelo estructural, que Dave Weinberger definió en su teoría unificada de la Web, como de “pequeñas piezas unidas con poca fuerza”.

En julio del 2012 el creador e ideólogo de la World Wide Web, Sir Tim Berners-Lee, participa en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres. Berners-Lee se sienta ante un ordenador en el centro del estadio y teclea: “THIS IS FOR EVERYONE”, “esto -su invención- es para todo el mundo”. La frase aparece en inmensos caracteres luminosos que inundan el Olympic Park, a la vez que se transmite a su cuenta de Twitter, y miles de usuarios la comparten con entusiasmo. Cinco años más tarde, esta gran conmemoración de los valores de la Red tiene algo de canto a lo que perdimos. En 2017, es difícil afirmar que aquellos valores sigan definiendo la experiencia diaria de la Red para la inmensa mayoría de sus usuarios. El animal mitológico ha muerto, o quizás deberíamos dejar de llamar “Internet” al lugar en el que estamos ahora mismo.

En junio de 2017, Facebook contaba con 2.000 millones de usuarios activos; dos de cada tres lo visitan al menos una vez al día. Tanto WhatsApp como Facebook Messenger cuentan con 1.200 millones, e Instagram con 700. Estos cuatro servicios son propiedad de una única compañía, y todos sus datos se almacenan en los data centers de Facebook. Se estima que Google y Facebook tienen una influencia directa sobre más del 70% del tráfico total de Internet, si sumamos el tráfico de sus distintos productos, desde Youtube a Instagram, más su dominio absoluto en plataformas móviles -la principal forma de acceso a Internet para millones de personas-, en las que el navegador web pierde importancia frente a las apps de sus servicios más populares. Además, los grandes medios de comunicación online tienen una dependencia absoluta de los caudales de visitas que reciben desde el buscador de Google o el newsfeed de Facebook. Si a la influencia de Google y Facebook sumamos la del resto de gigantes de la Red como Microsoft, Apple, Netflix y Amazon (no sólo a través de su tienda online, sino de su negocio de servidores, Amazon Web Services), entendemos de manera muy rápida que la Web en forma de constelación que atravesábamos constantemente, ha dejado paso a una Red fortísimamente centralizada y asimétrica.


Datos, algoritmos e Internet de las Cosas

Con la excepción de aquellos servicios de suscripción que consiguen ingresos directos de sus mismos usuarios, la receta para ganar dinero en la Internet de 2017, la que sostiene su actividad y genera importantes beneficios, consta de los siguientes pasos:

  1. Monopolizar la atención del usuario, generando los incentivos para que pase el máximo tiempo usando un servicio web.
  2. Capturar tantos datos sobre la actividad del usuario como sea posible.
  3. Monetizar la propiedad de esos datos de todas las maneras posibles, tanto para su explotación por terceros, como para la personalización de la publicidad que cada usuario recibe.

La carrera armamentística desencadenada para la captura de nuestra atención ha sido la causa de las mayores transformaciones en nuestra experiencia reciente de la Red. Porque reaccionamos con interés ante lo que más nos gusta, los algoritmos que organizan el newsfeed de Facebook tienden a enseñarnos aquello que confirma nuestro punto de vista, produciendo las zonas de consenso ideológico que conocemos como “burbujas de filtro”. Porque tendemos a compartir o comentar aquello que nos genera reacciones viscerales, muchas de las noticias que vemos a diario son falsas, y nuestras herramientas para evaluar su veracidad son cada vez más pobres. Si sentimos un pellizco de emoción cuando recibimos un comentario en un post o al ver cómo suben los favoritos de nuestra última foto en Instagram, no es por casualidad. Los diseñadores de estas interacciones son conscientes de la manera en que las notificaciones generan reacciones positivas en nuestra mente, y disparan los mecanismos que nos hacen sentir bien cuando estamos aburridos. Sean Parker, uno de los primeros inversores de Facebook, lo explica con una sorprendente honestidad en una entrevista reciente:

La lógica bajo la que se construyeron estas aplicaciones, Facebook la primera de todas, respondía a la pregunta: “¿Cómo conseguimos capturar tanto de tu tiempo y de tu atención consciente como sea posible? (…) Eso implica que tenemos que darte un pequeño chute de dopamina de vez en cuando, en forma de comentario o de “like” en una foto o en un post. Eso hará que contribuyas con más contenido, lo cual te proporcionará…más likes y comentarios.

A esta conversión de nuestra atención en interacciones se le llama “engagement”, y el producto monetizable que el engagement produce son datos. Enumerar las múltiples formas en que la producción de datos por parte de usuarios está siendo explotada hoy en día, supera las posibilidades de este texto, pero es importante entender que va mucho más allá de la publicidad hiperpersonalizada y dirigida con precisión quirúrgica a usuarios muy concretos; las metodologías de “microtargeting” que ilustran las tres historias al comienzo de este artículo. Otros ejemplos incluyen las herramientas de comisariado algorítmico de las plataformas de contenidos culturales como Spotify o Netflix, para facilitar que los usuarios descubran contenidos de su interés; o las nuevas tecnologías de Machine Learning e inteligencia artificial que entrenan redes neuronales con datos producidos por usuarios, para ayudarlas a reconocer objetos y tomar decisiones. En un mundo en el que Youtube contiene miles de horas de videos con imágenes de gatos, registradas colectivamente por millones de personas de todo el mundo, resulta relativamente sencillo desarrollar un sistema automático capaz de identificar felinos. Las implicaciones de estas metodologías para la toma de decisiones y las transformaciones del mercado laboral del futuro son aún inciertas, pero hay razones para pensar que serán profundas, y probablemente traumáticas.

A finales de 2017, las crisis de credibilidad y operatividad del modelo actual de la Red no dejan de multiplicarse. Desde la preocupación por la opacidad algorítmica y su influencia invisible sobre decisiones que nos afectan a todos, a los procesos de desposesión de datos a los que nos vemos sometidos sin posibilidad de oponernos. La emergencia del modelo del Internet de las Cosas sugiere además que estas crisis van a saltar del navegador y las apps a muchos otros espacios de nuestro entorno. Y cerramos el año con una nueva amenaza a la continuidad de la neutralidad de la Red, el principio básico de su arquitectura desde hace décadas.


¿Cómo será la cuarta era de Internet?

Si tuviésemos que dividir la historia de Internet en eras, como si se tratase de las etapas vitales de una persona o de las edades geológicas del planeta, hasta ahora sería sencillo determinar las tres iniciales. Su primera existencia como herramienta de colaboración científica y académica, abarca desde finales de los años 60 hasta comienzos de los 90 del siglo pasado. Su popularización y la democratización del acceso a ella a través de la World Wide Web, alcanzaría hasta mediados de la primera década del siglo XXI. Alrededor de 2005, con el inicio del modelo de la Web 2.0, la supremacía de las grandes plataformas (Google, Apple, Facebook, Amazon) y la aparición del smartphone como su tecnología primordial, arranca un modelo que entre 2016 y 2017 empieza a dar señales de agotamiento. El propio creador de la World Wide Web, Tim Berners-Lee, cinco años más tarde de reivindicar en los Juegos Olímpicos los valores igualitarios y democratizadores de su invención, admitía recientemente que “el sistema está fallando”.

¿Cómo será la cuarta era de Internet? Sabemos que si queremos recuperar algunos de sus valores fundacionales, hay algunos puntos de encuentro, consensos desde los que empezar. Necesitamos transparencia y rendición de cuentas de los algoritmos que toman decisiones que nos afectan -lo cual puede requerir de regulación-. Necesitamos un nuevo acuerdo sobre la propiedad y el derecho de uso de los datos que generamos -lo que Sandy Penland llama “un New Deal de los Datos”. Y construir un modelo de “Slow Web”, que prime la calidad de las interacciones sobre su cantidad; que acabe con la tiranía del engagement.

El primer paso para conseguirlo requiere que entendamos que defender “Internet” no es suficiente, porque “Internet” no existe; existen configuraciones técnicas y políticas de la Red, en constante renegociación, y permanentemente amenazadas. Polr eso, forjar un programa para la configuración técnica y política de la Red para la segunda década del siglo XXI es una prioridad que no podemos retrasar.

 

Índice de imágenes
1. ThisIs_IsThis_For_Everyone (ColaBoraBora, cc by sa).
2. GAFA (extraida de wallpapertest.tk).
3. Configuraciones técnicas y políticas (ColaBoraBora, cc by sa).
4. Jose Luis de Vicente (TED x Madrid, copyright).

Jose Luis de Vicente. Investigador cultural y comisario. Desarrolla proyectos sobre cultura, tecnología, diseño e innovación. Actualmente es el comisario de Sónar+D, el congreso de cultura digital y tecnologías creativas enmarcado dentro de Sónar Festival. Es comisario del festival FutureEverything de Manchester, y uno de los fundadores de ZZZINC, Oficina de Investigación en Innovación en Cultura. Desde 2007 dirige el programa Visualizar sobre Cultura de los Datos en Medialab-Prado (Madrid). Da clases en el Instituto de Arquitectura Avanzada de Catalunya, y participa habitualmente en congresos, simposios y festivales internacionales. Ha comisariado numerosas exposiciones como Máquinas y almas, Arcadia, Habitar, Invisible Fields, Playtime: Game Mythologies, Big Bang Data o ahora mismo Después del fin del mundo, que puede verse hasta abril en el CCCB de Barcelona. Desde aquí puedes saber más sobre él.

ColaBoraBora

En ColaBoraBora nos dedicamos a diseñar y facilitar entornos y procesos de innovación y colaboración centrados en las personas. Explorar, abonar y cimentar, nuevas formas de relación, organización, producción y propiedad, para afectar positivamente el entorno en que las personas viven y trabajan, desde las comunidades de las que forman parte.

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