En ocasiones me instalo en la duda, en la conjetura y sospecho que les dedico demasiado tiempo. Intuyo que quiero pasar un poco de puntillas por todos esos relatos contemporáneos, que en palabras de Iñaki Dominguez y su “sociología del moderneo” preparan los filtros necesarios para “comprender el mundo”. O lo que Alberto Santamaría llama, en su Narración o Barbarie, “la semántica institucional”: la que ordena y escenifica las necesidades y las soluciones, la que determina quién interpreta y quién ofrece los futuros correctos. En definitiva, quién construye la realidad, quién define “lo real”. Una modernidad brillante dirigida por, en palabras de Alba Rico, las “élites antiélite”. ¿Existen las ciencias de la duda, Victoria Camps?
Esos grandes relatos se construyen hoy desde dos objetos predominantes: la gestión como proceso (este entramado que produce y ofrece catálogos con soluciones para diferentes sensibilidades); y sus fetiches, esa trilogía mágica que tiene que aparecer en todos ellos, como son, la innovación, lo colaborativo, y la creatividad (ICC). Objetos convertidos en terrenos comunes y materia prima sobre las que se sostienen innumerables “negocios” públicos, privados y mediopensionistas. Cuando este relato se acabe, ya se habrá fabricado el sustituto.
Mientras tanto, si me permiten, y ya que les he dicho que construyo sobre la duda, me gustaría ofrecerles algunas de ellas, que con forma de riesgos, quizá también puedan acompañarme en lo inútil. Marx lo llamaba “el fetichismo de la mercancía”
Me asusta que este asunto de la innovación y sus ecosistemas forme parte, queramos o no, de una realidad no tan universal como parece o como debería; y por tanto, algo excluyente. Que se logre siguiendo guiones construidos desde fuera: ordenar la realidad para que todo cuadre. ¿Quién ecualiza la innovación? ¿Quién piensa, construye y dirige el discurso? ¿Quién fabrica los moldes sobre los que se montan las piezas? ¿Quién dirige ese almacén central de abastos al que me refería más arriba? ¿Quién enseña modales a la ciudadanía? Al final todo queda en una minoría que se supone preparada y con el prestigio suficiente. El mercado de la Innovación Social (I.S.) está en alza y atrae a muchos inversores.
Pero, como diría Umberto Beck, “Otra modernidad es posible”. Esa que va más allá de la adaptación a los condicionamientos tecnológicos y las ingenierías institucionales. La que traspasa los rituales normalizados de progreso. La que discrepa de esa autoridad simbólica que construye lo sagrado. En términos illichianos podriamos reclamar esta otra modernidad posible como un “proyecto de desmitologización”. Y es aquí donde, además de la duda y el disenso, entro a jugar con la contradicción. Por varios motivos, aunque el principal es que la especulación no debe llevar a la parálisis. Porque es cierto, existe todo lo que he mencionado antes, pero también existen modelos, proyectos y actitudes sinceras y encomiables sobre los que podemos y debemos construir.
¿Por qué construir desde la ética transware? De forma extensa pueden acudir a este enlace, donde aparecen una serie de artículos donde explico que es el transware; pero les haré un resumen. Tradicionalmente se han ofrecido y se siguen ofreciendo una gran cantidad de servicios alojados y numerosas instituciones, colectivos, empresas y organizaciones, invierten gran parte de sus recursos y energías en soportar una estructura física y burocrática para ese alojamiento: su hard (aquí también entra el personal, no lo duden) y su soft, orientados a mantener (incluso ampliar) esta oferta. Acudo a François Jullien en su libro La identidad cultural no existe, en el que nos señala que “… sólo si promovemos un común que no sea una reducción a lo uniforme, lo común de esa comunidad será activo y dará lugar efectivamente al compartir”. En eso consiste también lo trans, en diluir lo uniforme. Lo trans está compuesto por los valores, los cuidados, los afectos, las emociones… que permanecen por encima. Algo que va más allá de la herramienta y el servicio y favorece el estímulo de las pequeñas utopías.
¿Por qué construir desde la contragestión? También pueden leer sobre esta idea aquí, pero un apunte rápido no está mal. El poder transformador no puede residir ni en las jerarquías, ni en la institución, ni en los círculos de expertos. Tampoco puede sustentarse sobre la creación periódica de mitos, ni en la renovación de los rituales. Lo malo es que esas instituciones industrializadas necesitan de la “obsolescencia” para subsistir. El consumo de innovación, el consumo de colaboración, entran también dentro de las mitologías de la mercancía porque, no nos olvidemos, la gestión se plantea según principios de rentabilidad, ya sea en forma de ganancias simbólicas, ganancias de ego, o ganancias económicas. La gestión acaba convirtiendo la subversión en un producto. Como diría Rancière: “la trampa en la que han caído los que creían derribar el poder capitalista y le han dado, al contrario, los medios para rejuvenecerse nutriéndose de las energías contestatarias”. La innovación que pretende cierta subversión no puede estar certificada, ni obedecer a protocolos sin convertirse en una manifestación estética. El efecto: transformar la ciudadanía en un conjunto fractalizado pero moderno. Una acumulación de consignas. La gestión como forma de normalización. “La simpatía sin consecuencias”, que es como llamaba también Ranciere a este tipo de procesos.
¿Por qué la transcendencia de las comunidades de flujo? Flujo: 1.- Movimiento de un fluido. 2.- Movimiento de ascenso de la marea. Esto nos propone la RAE. Esta es la inspiración. Las comunidades de flujo son esos espacios de complicidad en los que se diversifican las inteligencias. Espacios desde donde se filtran las sensibilidades y se favorece la permeabilidad centrífuga y centrípeta. Desde donde se generan esas mareas que enriquecen las playas, que aportan nutrientes, que mueven… y que también arrastran. Comunidades generadas a partir de temas y argumentos centrales (urbanismos, géneros, ecologías, diversidades…), que fluyen para contaminar conocimientos, para interferir en las certezas y para transmitir empeños a la comunidad. Esa es su transcendencia, su encanto. Porque son portadoras de la ética transwave e inductoras de procesos de contragestión. Porque se necesita una política que convierta la libertad de elegir en la libertad de generar, que supere la distribución de “necesidades”. Porque es necesario abandonar la certificación y el consumo obligatorio. Porque son necesarias prácticas comunitarias que generen tensión. Porque se avanza desde la interferencia, posibilitando zonas de contacto autónomas y temporales. Porque hay que superar los formatos. Porque la expertocracia limita a la comunidad. Porque es necesaria la rotación. Porque se desactivan los monopolios de gestión como forma de expropiar la iniciativa ciudadana. Porque se abandona a quien se apropia del derecho colectivo de construirse como comunidad.
Porque es necesaria una nueva interpretación de la comunidad. Liberarla y expandirla. Pensarla en abstracto y añadir dimensiones (nota: mi corrector no ha entendido mi letra y en lugar de dimensiones me ha ofrecido demencias, me ha parecido maravilloso, así que las incorporo): ¡Añadir demencias! Procesos redistributivos y emancipadores.
Índice de imágenes
1.- Tipología de flujo (ColaBoraBora, cc by sa)
2.- Troquel de la Innovación Social (ColaBoraBora, cc by sa)
3.- Organización transware (ColaBoraBora, cc by sa)
4.- Comunidades de flujo (ColaBoraBora, cc by sa)
5.- Jose Ramón Insa Alba (Toño Díaz Insa, cc by sa)
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