A veces el miedo a hablar en público no tiene tanto que ver con hablar. Tiene más que ver con exponerse.
Con sentir que, durante unos minutos, todas las miradas están puestas en ti. Con escuchar nuestra propia voz demasiado fuerte dentro de la cabeza. Con notar el cuerpo acelerado antes incluso de empezar. Con pensar más en cómo estamos siendo percibidos que en el mensaje que queremos transmitir.
Hay personas que prefieren pasar desapercibidas, callarse una idea o no hacer una pregunta antes que exponerse durante treinta segundos delante de un grupo.
Y no porque no tengan nada que aportar, sino porque hablar en público activa muchas cosas a la vez: el miedo al juicio, la autoexigencia, la necesidad de hacerlo bien, la vergüenza, la comparación o el temor a quedarse en blanco.
Para muchas personas, hablar en público no se parece tanto a una conversación como a una exposición emocional.
Y cuanto más pendiente estás de ti mismo, más crecen los nervios. La atención se estrecha, el cuerpo se tensa y aparece la necesidad de controlar cada palabra, gesto y silencio.
Pero hay algo muy interesante que suele ocurrir cuando trabajamos este tema en profundidad. Muchas personas descubren bastante rápido que no están solas y que esa sensación de inseguridad, ese exceso de autoexigencia o ese miedo a que los nervios se noten demasiado son mucho más comunes de lo que pensaban.
Ahí suele producirse uno de los primeros cambios importantes: dejar de interpretar los nervios como una señal de incapacidad. Sentir nervios no significa no saber comunicar, sino que muchas veces significa simplemente que nos importa.
También resulta interesante observar cómo cambia la comunicación cuando dejamos de obsesionarnos con hacerlo perfecto y empezamos a centrarnos más en el mensaje, en la conexión y en lo que queremos aportar a quienes tenemos delante. Ahí suele pasar algo curioso: la comunicación mejora.
No porque los nervios desaparezcan por completo, sino porque la atención deja de estar atrapada únicamente en ellos.
En realidad, las personas no suelen conectar con quien parece perfecto, sino con quien transmite presencia, claridad y humanidad. Y quizá una de las partes más liberadoras de aprender a hablar en público sea precisamente descubrir que comunicar bien no consiste en convertirse en otra persona.
De hecho, consiste más en aprender a sostener el momento, en respirar, pausar, mirar, conectar y comprobar que podemos hacerlo incluso aunque haya nervios.
En definitiva, quizá comunicar mejor no tenga tanto que ver con parecer seguros, sino con aprender a convivir con ellos sin dejar de estar presentes.
Laura Bona es consultora y facilitadora especializada en comunicación humana y dinámicas de equipo. Diseña y desarrolla formaciones y experiencias vivenciales orientadas a mejorar la comunicación, la claridad mental y el liderazgo, integrando herramientas prácticas aplicables tanto a profesionales como a organizaciones.
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