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Tu cuerpo habla, pero no siempre dice lo que los demás creen

¿Cuántas veces hemos escuchado afirmaciones como estas sobre el lenguaje corporal?

  • Brazos cruzados: está a la defensiva.
  • No te mira a los ojos: está ocultando algo.
  • Se mueve demasiado: está nervioso.
  • Habla con voz firme: tiene seguridad.

El problema es que hemos convertido el lenguaje corporal en una especie de diccionario donde cada gesto parece tener un significado concreto.

Y no funciona exactamente así.

Nuestro cuerpo comunica. La postura, la mirada, los movimientos, los gestos y la voz proporcionan información. Pero eso no significa que podamos conocer con certeza lo que alguien piensa o siente a partir de una señal aislada.

Una persona puede cruzarse de brazos porque tiene frío, porque está cómoda, porque es su postura habitual o porque, efectivamente, algo le incomoda.

El gesto puede aportar información. Pero necesitamos observar el conjunto y tener en cuenta el contexto antes de sacar conclusiones.

De hecho, una cosa es lo que observamos. Y otra, lo que interpretamos.

Y confundir ambas puede tener consecuencias.

Imagina que estás presentando una propuesta y alguien deja de mirarte.

Lo que ha ocurrido es que ha apartado la mirada. Pero tú interpretas que se está aburriendo. Entonces empiezas a hablar más rápido, te pones nervioso, intentas convencerle con más argumentos o decides terminar cuanto antes.

Fíjate. No sabes si esa persona estaba aburrida, pensando en lo que acababas de decir o simplemente distraída. Sin embargo, tu interpretación ya ha modificado tu manera de comunicar.

Y aquí aparece algo interesante. No solo interpretamos el lenguaje corporal de los demás. También desconocemos buena parte de lo que hacemos nosotros.

Puede que aceleres cuando algo te importa o que juegues continuamente con el bolígrafo mientras hablas. También puedes omitir pequeñas pausas o no dejar tiempo para asimilar lo que estás explicando. Por otro lado, quizás bajas tanto el volumen cuando alguien te cuestiona que resulta difícil escucharte, o que estés tan pendiente de dónde colocar las manos que dejes de prestar atención a la persona que tienes delante.

Muchas de estas conductas aparecen de manera automática, sin que seamos plenamente conscientes de ellas.

Y aquí hay algo importante: que un comportamiento sea automático no significa que sea malo. Pero tampoco significa que nos esté ayudando a comunicar.

Algunos de nuestros hábitos acompañan y refuerzan el mensaje. Otros pueden distraer, dificultar la comprensión o transmitir una impresión diferente de la que pretendemos.

Por eso merece la pena observarlos, comprender qué efecto tienen y aprender a modificarlos cuando sea necesario.

No para convertirnos en comunicadores artificiales, pendientes de ejecutar cada gesto correctamente, sino para desarrollar recursos que nos permitan comunicar con mayor claridad, naturalidad y profesionalidad.

Por eso, antes de intentar corregir nuestra comunicación, hay una pregunta mucho más útil: ¿Qué estoy haciendo mientras comunico?

No para juzgarnos. No para intentar eliminar cada movimiento. Sino para descubrir qué hacemos, qué nos ayuda y qué otras posibilidades tenemos.

Porque comunicar mejor no consiste simplemente en aprender dónde colocar las manos, cómo utilizar la mirada o qué postura adoptar.

Esos recursos son importantes y se pueden entrenar. Pero su utilidad depende de cómo, cuándo y para qué los utilizamos.

Se trata de disponer de recursos y saber cuándo utilizarlos.

En las dos jornadas del taller Voz, presencia y lenguaje corporal, que impartí en Zaragoza Activa, trabajamos precisamente desde esa perspectiva. Observamos, experimentamos y entrenamos diferentes maneras de utilizar la voz, el cuerpo y la presencia. Pero, sobre todo, trabajamos una idea que me parece fundamental: No puedo elegir conscientemente algo que ni siquiera sé que estoy haciendo.

La próxima vez que alguien cruce los brazos mientras hablas, antes de decidir qué está pensando, recuerda que solo tienes una parte de la información.

Y la próxima vez que tengas que intervenir en una reunión, explicar una propuesta o mantener una conversación importante, prueba a hacer algo diferente.

En lugar de preguntarte constantemente qué imagen estás dando, observa qué estás haciendo. Cómo hablas. Cómo escuchas. Qué ocurre con tu cuerpo cuando algo te importa.

Puede que descubras algo que te gustaría cambiar. O algo que llevas años intentando corregir y que, en realidad, no necesitabas cambiar.

Asimismo, comunicar mejor no consiste en aprender a parecer otra persona. Consiste en conocerte lo suficiente como para poder elegir cómo quieres comunicarte.

Para profundizar:

  • Patterson, M. L., Fridlund, A. J. y Crivelli, C. (2023). Four Misconceptions About Nonverbal Communication. Perspectives on Psychological Science. Consultar artículo.
  • Hall, J. A., Horgan, T. G. y Murphy, N. A. (2019). Nonverbal Communication. Annual Review of Psychology, 70, 271–294. Consultar artículo.

Laura Bona

Laura Bona es consultora y facilitadora especializada en el desarrollo de las capacidades que permiten a profesionales y organizaciones comunicarse, relacionarse y liderar con mayor claridad y eficacia. Cuenta con más de diez años de experiencia diseñando y facilitando experiencias de aprendizaje que combinan reflexión, práctica y herramientas aplicables para mejorar competencias como la comunicación, el liderazgo, la influencia y el trabajo en equipo.

CaminoIvars

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