Sobre los jóvenes

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Vivimos un hiperdesarrollo tecnológico que abre miles de puertas junto a una cultura anclada en la simplicidad que las cierra. Una prueba de ello es el persistente temor y escándalo que vienen inspirando los jóvenes, generación tras generación, desde hace demasiado tiempo.

En las sociedades antiguas y las originarias de la actualidad, la alteridad juvenil es reconocida en su sentido fuerte, ontológico, tanto en el plano reflexivo como en el político. En efecto, desde un punto de vista intelectual, sociedades originarias africanas, como los lugbara de Uganda o los kasai y buma de Zaire, entienden que los jóvenes son portadores de un desorden y entienden las relaciones entre el centro y esas periferias conflictualmente. Algo parecido sucedía en Grecia con la deidad que representaba a los jóvenes, Artemisa. Esta diosa, además de conducir a los adolescentes a la sociabilidad plena, es también “la cazadora”, la que frecuenta las tierras salvajes que rodean la ciudad, la que encarna la mezcla de lo civilizado y lo natural. En cuanto a Roma, allí los jóvenes son los protagonistas principales de las fiestas lupercales, en las que se conmemora la fundación de la ciudad imitando a los fundadores (los lobeznos Rómulo y Remo) adorando al dios Fauno, otro dios semisalvaje que mezcla lo humano y lo natural. Por lo tanto, en las sociedades antiguas y originarias, los mitos y cosmogonías reconocen que lo joven es algo diferente, algo que excede el orden instituido. Dicha alteridad es reconocida en sentido fuerte, pues el joven se entiende que es portador del desorden que trae consigo lo salvaje o natural exterior al orden social. Sin embargo, aunque el joven o lo juvenil sea tan peligroso, el orden instituido acepta esa alteridad. Los dioses que la representan no están excluidos del panteón,  pues conviven con los demás dioses. De modo que lo social instituido reconoce y asume una parte de la potencia colectiva que le excede.

A este reconocimiento intelectual de la alteridad juvenil suele acompañar una política o gestión que facilita e incluso prescribe su manifestación. En este sentido Roma es ejemplar, pues sabemos que se permitían y toleraban desórdenes causados por los jóvenes que hoy nos escandalizarían. Así, los Collegia Iuvenum eran agrupaciones que para estrenar su sexualidad podían echar abajo la puerta de un prostíbulo y consumar una violación colectiva. También atacaban a los transeúntes, robaban, etc. Este desorden e incivismo de los jóvenes era ciertamente temido pero eso no impedía que fuera aceptado. Se reconocía que el orden debía saber convivir con ese y otros desórdenes. Y es que, tanto en las sociedades primitivas como en las antiguas, el orden de los adultos se hace (políticamente) y se piensa (míticamente) con el desorden juvenil, conviviendo con él aunque se le tema.

Esta mentalidad cambia radicalmente con la cultura judeocristiana. Así, por ejemplo, en el Renacimiento, los jóvenes son considerados como algo demoníaco y se les acusa de practicar la sodomía, peor considerada que la lascivia que se atribuía a las mujeres. Estas visiones son diferentes a las anteriores en el sentido de que tienen un contenido moral que se encarga no de señalar el desorden sino de estigmatizarlo. De este modo, como observara Nietzsche, lo “malo” con lo que se puede convivir se convierte en algo “malvado” que se debe extirpar o desterrar. Tal es la visión que dejará la moral judeocristiana acerca de los jóvenes. Y acompañando a esta teorización acompañarán prácticas que intentarán prohibir la juventud, excluirla del buen orden social. Por eso, en Florencia, los individuos de menos de cuarenta años estaban excluidos de las deliberaciones públicas. Por eso, en fin, San Alberto de Siena decía que si tuviera hijos los mandaría fuera de Italia nada más nacer hasta que cumplieran esa edad. De modo que la moral judeocristiana ha hecho que el orden social occidental se pensara y se construyera no con los jóvenes, como sucede en las sociedades antiguas y originarias, sino contra los jóvenes.
07 LA JUVENTUD_TIEMPO DE NO SER gris

Fernando Bayo

Lo que cambiará con la llegada de la Modernidad es que sobre las bases morales legadas por el cristianismo se elaborarán conceptos científicos sólo aparentemente neutros y se inventarán instituciones encargadas de realizar esa “neutralidad”. Dicho de otro modo, tanto en el plano intelectual como en el político lo social continuará instituyéndose contra los jóvenes, solo que ahora utilizando un lenguaje y unos instrumentos aparentemente más objetivos. En el plano político, uno de los primeros útiles que se inventó para acabar con la alteridad juvenil fue la Escuela Universal, más exactamente la escolarización obligatoria. Según el Plan de Reforma dirigido al Conde de Floridablanca el 1 de Octubre de 1787, “toda la felicidad pública de un Estado depende en gran parte de las semillas que se siembran en los corazones tiernos de los jóvenes… Se arraigan las primeras máximas y verdades que oyeren, se conservan más largo tiempo y vienen a dar fruto muy abundante y sazonado”. Obsérvese que ya no se trata de vencer y excluir a la alteridad juvenil sino de con-vencerla (que haga conjunto con el vencedor) e incluirla, de hacer que interiorice las ideas del vencedor. Si las violencias físicas tienden a reducir físicamente a los otros, las violencias simbólicas buscan disminuirlo culturalmente. Si las primeras pueden desembocar en genocidios (la extinción física del otro), las otras pueden dar lugar a etnocidios (la aniquilación de las ideas, creencias y valores de los otros). Pero no es la Escuela el único instrumento utilizado por el orden moderno para acabar con la alteridad juvenil. En la segunda mitad del siglo XX aparecieron instituciones más específicas encargadas de investigar científicamente (tanto cuantitativa como cualitativamente) y conjurar políticamente (tanto a base de profesionales altamente cualificados –sociólogos, psícologos, trabajadores sociales, psiquiatras, médicos, etc.-, como de leyes) ese peligroso desorden. La tendencia se inicia en Estados Unidos después de que los nuevos estilos de vida impulsados por los jóvenes hicieran temer por ellos y por la sociedad. En el estado español este paso se dio en 1961 con la creación del Instituto de la Juventud.

Si en el plano político las instituciones modernas creadas desde la Revolución francesa se propusieron como objetivo acabar con el desorden juvenil y apuntalar el orden, en el ámbito intelectual sucedió algo parecido con la ciencia. Es el caso de la sociología, que suele definir a los jóvenes a partir de una cuádruple irresponsabilidad: domiciliar (no tienen casa propia), conyugal (no viven con una pareja estable), filial (no tienen hijos) y laboral (no tienen trabajo). A eso se añade que el joven no tiene estas responsabilidades pero, a diferencia de lo que sucede con el niño, podría tenerlas pues no hay leyes que se lo impidan. De modo que la juventud queda reducida a un no ser, a un tiempo de espera previo a la madurez. Desde aquí pueden analizarse los modos como los jóvenes esperan a ser adultos. Si asumimos que la responsabilidad laboral es la más importante, pues anda detrás del resto de responsabilidades, podemos decir que los jóvenes esperan a ser adultos como desempleados o como estudiantes. A partir de aquí podría analizarse (y se ha hecho) cómo los ciclos económicos y demográficos producen jóvenes (entendiéndolos a partir de esa cuádruple irresponsabilidad). Y también podría investigarse (igualmente se ha hecho) cómo las dificultades en el tránsito a la madurez generan actitudes y comportamientos cínicos, contraculturales, escépticos, etc. respecto al sistema.

Todas estas investigaciones pueden ser interesantes pero no entienden a los jóvenes según lo que son sino según lo que se espera que sean (responsables en el cuádruple sentido). Y aunque es cierto que tales jóvenes deseen adquirir esas responsabilidades no lo es menos que en su tiempo de espera, en su juventud, no se limitan simplemente a esperar. También hacen otras cosas. Pues bien, esas otras cosas no han merecido mucho interés a los científicos sociales. Y los que se han interesado por ello se han encontrado con el problema de que no disponían de marcos teóricos que facilitaran la interpretación. En efecto, si se quiere investigar a los jóvenes según la cuádruple irresponsabilidad parece que se pone en el centro de reflexión dos instituciones básicas, la familia y el trabajo, sobre las que la sociología dispone de una gran cantidad de material teórico para interpretar la información que se haya obtenido. Sin embargo, si un investigador entiende que los jóvenes más bien son en el grupo de iguales (por oposición a la familia) y en la diversión (por oposición al trabajo) se encontrará con el grave problema de que no hay muchas teorías que permitan interpretar la información que tiene que ver con ese otro  ser.

En definitiva, la sociedad se ha instituido en la modernidad contra los jóvenes tanto en el plano político (con la Escuela, los Institutos de Juventud, etc.) como en el científico (con teorías que ponen en el centro la familia y el trabajo, instituciones las dos centrales en el orden instituido). Pero esta no es toda la realidad social pues, además de instituirse contra los jóvenes, el orden moderno no ha cesado de recuperarlos e integrarlos imaginariamente. Lo hace cuando se imagina el buen orden social (fascista, demócrata o comunista) a partir de los jóvenes. También los recupera imaginariamente cuando los convierte en imagen que el adulto quiere emular para conjurar el miedo a la muerte o la angustia que genera el paso del tiempo. Y también los integra de un modo imaginario cuando los incorpora a mercancías, filmes, propagandas, etc. En todos esos casos no estamos ante la presencia juvenil sino ante re-presentaciones, simulacros, que reflejan más la mentalidad del inventor (el adulto moderno) que lo que dicen significar. La alteridad fuerte juvenil es pues desmantelada por el actual orden social, tanto en la práctica (con la política) como intelectualmente (con la ciencia), de dos modos: excluyendo realmente lo que son e incluyendo imaginariamente lo que se desea de ellos. Es de este modo como la alteridad fuerte, intolerable, es convertida en una alteridad asumible.

IMG_7555 (1) José Angel Bergua es sociósofo

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IC4O reúne a 22 gentes provenientes de la sociología y la filosofía de ocho universidades españolas, así como a varios artistas. Se interesan por la creatividad e innovación sociales e igualmente por el papel que pueda tener el arte en todo ello. Desde hace unos cuantos años vienen colaborando en varias investigaciones e intervenciones sociales.

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