LAB2034 Economía urbana en la Zaragoza de 2034

Como todos los martes, a las nueve en punto de la noche, acudí a la playa. Esta vez, el software de ocio programado, me había asignado la hamaca nº 978-84-8383-029-1 y la franja horaria de “atardecer Vodafone”. Seleccioné la opción musical en mi archivo epitelial y me puse las gafas polarizadas, comenzando a tomar un baño magnético bajo la luz rojiza de Zaragoza.

Aquel año nos dimos cuenta de que el mundo se había quedado pequeño. La sociedad había cambiado, sin embargo la ciudad parecía haberse fosilizado. Las viejas estructuras del siglo XX no lograban dar el suficiente soporte al futuro, ese lugar donde pasaríamos el resto de nuestras vidas.

economia urbana por david guirao

En 2014, las leyes del desarrollo urbano habían sufrido un colapso. La Comunidad Europea elaboró un Decreto por el que se prohibía cualquier nueva construcción. Esto creaba un dilema, las nuevas necesidades requeridas por la sociedad deberían adaptarse a lo existente, se debería reprogramar la ciudad existente.

La prohibición derivó en dos situaciones. Por un lado, una población censada y regulada, con itinerarios y funciones predeterminados, tenía permiso de acceso a la zona restringida. Con la aprobación de la OMHN (Ordenanza Mundial de Hábitos Neutros) cada habitante disponía de un prospecto personalizado en el que se indicaba, con gran precisión y minuto a minuto, todos los movimientos que se debían realizar a lo largo de los días. Este programa, realizado por complejos algoritmos de interacción-repulsión social, había previsto la eliminación de cualquier tipo de conflicto en el espacio público. “Por un nuevo futuro aséptico” replicaba la voz robotizada que expedía mensualmente las instrucciones de interacción social.

Una gran base de datos actualizados a tiempo real, registraba el estado emocional y psicológico de cada ciudadano, asignando a cada uno de ellos los encuentros más favorables según una tabla tecno-empática. Se había establecido la tiranía del hiperbienestar controlado. Del mismo modo, los pensamientos diversos se consideraron molestos e inadecuados; no tendrían lugar en el espacio público, los encuentros sólo se autorizaban en transacciones estrictamente mercantiles autorizadas por la Cámara de Comercio. El gobierno había eliminado definitivamente las fricciones. Las relaciones personales se articulaban según el manual de educación básica ciudadana, compuesto por frases homologadas que permitían establecer conversaciones de cortesía, un sistema de comunicación consensuado. Cualquier indicio de expresión de las emociones sólo podría tener lugar en el ciberespacio, de manera que no perturbara el espacio público de la ciudad.

Por otro lado; existía una población marginal, no censada y fuera de la programación oficial. Este grupo, había tenido que huir de la ciudad y había encontrado acomodo en las construcciones inacabadas que salpicaban el paisaje aragonés. La primera colonia se estableció en las afueras de La Muela, ocupando las estructuras de hormigón abandonadas mediante la impresión de módulos temporales. Representaban una minoría nostálgica que todavía confiaba en los sistemas de autoorganización e interacción. No existían horarios, no había actividades asignadas y sobrevivían con productos ecológicos no codificados. Se trataban, sin ningún género de duda, de hombres ajenos al progreso, reducidos y lastrados por su propia condición humana. De vez en cuando en esas ciudades-fantasma resonaban los molestos ecos de discusiones, gritos y desavenencias, carcajadas y llantos. Los asentamientos eran temporales, flexibles, apilables y conectables que anidaban en los paisajes abandonados en 2014.

En el año 2016, se dio por extinguida la movilidad cultural en favor de un turismo teledirigido en una red de ciudades tematizadas. La comisión de sabios elaboró un listado para dar soporte a las nuevas necesidades y poner fin a la historia de la curiosidad del hombre. Una curiosidad que sólo provocaba desorden. Se realizó un catálogo con aquellos edificios que habían quedado caducos y que ya no tenían sentido en una sociedad liberada de antiguas nostalgias.

“I Like company” fue la agencia asignada para rastrear los últimos movimientos sociales. ¿Qué movía a las personas a manifestar un signo de afirmación? Se detectó el poder inmenso de conocer los deseos profundos de los ciudadanos. Por ello, se elaboró un mapa de datificación vectorial del deseo. Una vez realizado, toda la campaña se orientó a crear ficciones que incentivaran el consumo de esos mismos deseos. En ese momento, un 80% de los ciudadanos, expresó la necesidad de hacer frente a la terrible sequía que asolaba la ciudad desde hace más de 10 años. La conclusión del consejo de administración fue sorprendente: “Zaragoza debía tener mar”. Esta propuesta no fue bien entendida al principio por gran parte de la población.

Esta opción, pensó el grupo de expertos, permitiría ensayar un nuevo uso de la ciudad caduca, libre ya de condicionantes del pasado, desarrollando una ciudad más libre y más cómoda, despojada del peso de una larga identidad histórica. Eliminando vínculos obsoletos, se eliminarían también reivindicaciones molestas. Permitiría así mismo la introducción de las grandes compañías multinacionales en la planificación de la ciudad, que sin duda la haría más rentable, controlada y segura.

La primera intervención se realizó con cierto carácter experimental. Se decidió instalar un gigantesco Aqua Park en la vieja Aljafería para conmemorar el 25 aniversario de la Expo del Agua. El patio central se llenó de toboganes entrecruzados que iban deslizándose entre las columnas de la antigua mezquita, atravesando los muros y envolviendo al edificio en una red de circuitos acuáticos. Los fosos exteriores se rellenaron de arena artificial y enormes pantallas a lo largo de las murallas proyectaban un gran mar digital en el que los zaragozanos disfrutaban del verano. En el año 2034, la Torre del Trovador pasó a llamarse la “Torre Vodafone”, cubierta de una pantalla digital de un rojo intenso, instaurando un nuevo año cero en la historia de la ciudad. Zaragoza se desprendía de su vieja piel, y las calles se forraban de una luz magnética constante y reprogramable.

Y aquí estaba yo, a mis recién cumplidos 66 años, con mis gafas emisoras de deseos digitales. Para poder conseguir un bonus que me permitiera tener encuentros en el ciberespacio, necesitaría al menos al menos tres horas más de cesión de los impulsos de mi actividad neuronal. Estas esperas, rodeado de miles de ciudadanos anónimos, me resultaban interminables. A uno de mis lados, un traficante de impresoras exhibía su nuevo rostro de latex, todavía brillante y perfumado. Al otro lado, una antigua maestra leía poemas de Pessoa. Sin duda se trataba de una desadaptada. Dos filas más adelante me pareció reconocer a CulturPunk. Curiosamente, también a él le habían asignado el grupo B-7, que disponía de una vigilancia reforzada dado la tendencia de sus miembros a infringir las normas de la agenda asignada, así como la acusada tendencia de intentar establecer relaciones sociales. No debería acercarme, pensé, perderé el bonus. Lo observé atentamente. Debo decir que me pareció verle alguna arruga más que la última vez. Estoy seguro que no recibe la dosis de juventud sostenida, que esconde un inhibidor pirata. Tarde o temprano se darán cuenta de su desprecio por la momificación del tiempo. Pero no parece importarle, sonríe.

Así pasábamos la noche, viendo el mar, mientras las ondas magnético-publicitarias recargaban la capacidad de desear. Un deseo dirigido, programado, renovado, calculado y previsto. Y mientras, se me apoderaba un terrible dolor de cabeza, provocado, según los últimos diagnósticos, por una zona rebelde situada en el sistema límbico, la zona primitiva del cerebro, que se esforzaba por reactivar, otras formas de encontrarse, las antiguas formas del deseo.

Relato por Ignacio Grávalos / Patrizia Di Monte (estonoesunsolar)

Ilustración por David Guirao

Monica Gimenez

Monica Gimenez

Relatora digital de LAB12/50 y LAB2014. Me dedico al marketing online. Blogger geek a la caza de creatividad. Hago teatro musical, leo comics y como sushi. También @madeinzaragoza

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