LAB2034 Economía participativa en la Zaragoza de 2034

No entendía por qué me estaba costando tanto escribir este texto, sacar todas las palabras y poner orden. Tenía más o menos claro (sin ser economista ni experta en política) lo que quería contar. Tenía las ideas, y me faltaba el hilo. Entonces me di cuenta que era el requisito de que fuera en primera persona lo que me desconcertaba.

Yo no quería pensar qué hará, ó como verá su ciudad, qué habrá conseguido transformar, la Isabel de 2034. Yo quería escribir un texto en primera persona del plural y recoger la voz, las opiniones más o menos discordantes de mi entorno, y pintar un futuro que fuera de muchas y no solo mio. Os diré una cosa: no lo logré. Hacer en colectivo no es fácil ni rápido. Los procesos en los que participamos muchas no son los más eficientes. No caben en plazos marcados de antemano aquellos procesos en los que entran en juego muchas vidas. No se les pueden imponer ritmos estandarizados. Tampoco pueden responder a la opinión de todos y cada uno de los que participan en ello: el disenso, la discrepancia, es inherente a cualquier decisión en la que participen más de dos. Siguiendo este razonamiento: ¿llegaremos a 2034 habiendo alcanzado el panorama que me pedís que pinte? No lo sé, pero seguro que estaremos en camino.

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Precisamente, para describir esta Zaragoza de 2034, tengo que remontarme a un conflicto. No es una pequeña discrepancia: es un conflicto de dimensiones colosales. El sistema económico y político a colapsado, y a vista de pájaro -ahora podemos decirlo- ya no desde ese mayo de 2011 sino desde mucho antes, las raíces de algo invisible estaban ya levantando el asfalto de las ciudades tal y como la conocíamos. Se trataba de un nuevo modelo social, político y económico donde las personas estaban en el centro de las decisiones.

En esta transformación, muchos nos acercamos por primera vez a la economía. Y nos dimos cuenta de que no se trataba de una ciencia capturada en tablas excel, presupuestos, porcentajes, financiación e intereses. Se trataba también del arte de cómo gestionábamos nuestras casas, nuestras empresas, nuestros pueblos y nuestros países. Nos dimos cuenta de que alterar aquí o allá una partida tenía consecuencias directas en la vida: con más presupuesto en transporte público, disminuían las alergias. Con más dinero para las salas, surgían nuevas bandas de música. Con menos servicios privatizados en manos de empresas públicas, muchas personas tenían horarios más racionales. Con una renta básica, todos participábamos en igualdad de condiciones en el reparto de trabajo y en la toma de decisiones políticas. La economía no era otra cosa que la manera en la gestionábamos nuestra vida. Y así, fue más fácil empezar.

Pero había muchos obstáculos. Nos poníamos a imaginar cómo era la ciudad que queríamos, y no había manera de ponerse de acuerdo. ¿Autobús o tranvía? ¿Depuradora o trasvase? ¿Biblioteca o piscina?. Se nos ocurrió entonces que no queríamos rellenar las casillas vacías de un mapa ya trazado, sino que teníamos que romper el mapa y trazarlo otra vez. Marcar una hoja de ruta en lápiz, que pudiéramos borrar y diseñar de nuevo cada vez que encontráramos una solución mejor entre todas; Solo así podríamos vivir con 50 años en una ciudad mejor que la que podíamos imaginar a los 30. Y dimos en llamar a este modelo economía participativa.

Igual que los barrios, las manzanas, no son una serie de islas conectadas por asfalto, caímos en la cuenta que la ciudad tampoco es una isla separada de otras como ella. En la economía moderna, la ciudad era parte de una metrópoli, de una región. Nuestras decisiones afectaban a la gente de Huesca, a los vecinos de Peñaflor. No podíamos empezar a tomar decisiones en las ciudades que contradijeran las normas de nuestras regiones y países, no podíamos seguir actuando en competición de regiones, sino en cooperación. Y resultó que en las ciudades y pueblos de aquí y allá, vecinas cercanas y vecinas más lejanas habían llegado a la misma conclusión. Y así, pudimos seguir.

Pero como decidirse por qué hacer es la mar de complicado, decidimos empezar a hacer una lista. Decidimos aquello que no queríamos hacer más. Y fue más fácil.

Decidimos que no íbamos a pagar una deuda injusta e ilegítima, que nos ahogaba las posibilidades de avanzar y dirigir recursos hacia planes y proyectos que mejoraran la vida en las ciudades. La analizamos, comprendimos en qué condiciones se había contraído y a que proyectos correspondía, buscamos a los responsables de lo descabellado, injustificado y obsceno. Y con la deuda sobre los hombros de los empresarios, financieros y políticos que la habían adquirido de manera unilateral y desproporcionada y nos la habían cargado a nosotros, fue más fácil avanzar.

Dejamos de tener reuniones a puerta cerrada, plenos opacos, decisiones arbitrarias y sin documentar. Supervisamos, verificamos, dejamos constancia en directo y en diferido de cada toma de decisión. Creamos tribunales ciudadanos para auditar las cuentas y otros mecanismos de control. Subimos cada nota, cada informe, a la red, y nos aseguramos de que la red fuera accesible para todos. Y así, nos hicimos más transparantes, a nosotros y al gobierno municipal, y fue más fácil avanzar.

Dejamos de tener un alcalde y pasamos a tener muchos representantes democráticos. Creamos mínimos comunes decisores, unidades de trabajo en la ciudad donde la representación no era algo lejano, sino cercano. Donde conocíamos a nuestros representantes y delegar dejó de ser una carta blanca, sino un derecho revocable en cualquier momento, para que pudiéramos participar de forma directa, individual o colectivamente, en aquellos planes y transformaciones de la ciudad que nos afectaban de forma directa. El voto dejó de ser el escalón en el que se agota la participación ciudadana. Poco a poco, todos ganamos en autonomía personal, en formación, en confianza en las demás, en delegación eficiente: era la condición sin la cual la ciudad se hacía ingobernable, o gobernada por otros. Comenzamos a tomar decisiones que no tenían por objeto el beneficio individual, sino el de la comunidad. Y nos hicimos más responsables, más conscientes del poder y de la responsabilidad que conlleva la toma de decisiones. Y fue más fácil empezar a construir de nuevo.

Dejamos de promover procesos contrarios a la ecología. Dejamos de pensar en el trabajo como algo por lo que competir, y empezamos a compartirlo. Dejamos de mantener estructuras políticas y burocráticas complejas e ineficientes y convertimos a los funcionarios en facilitadores. Dejamos de privatizar los bienes comunes y recuperamos poco a poco lo que era de todos y se había quedado en manos de unos pocos.

Los medios de comunicación, desconcertados por no tener un portavoz único al que sacar en la foto, por no comprender que los procesos no podían, no debían adaptarse a la periodicidad de sus boletines informativos, comenzaron a burlarse y a recordar los “procesos participativos” con los que anteriormente se había hecho propaganda política. Les dijimos que se confundían, que estos procesos participativos no iban de que todos legitimaros decisiones de unos pocos, sino que eran la legítima decisión de la mayoría. Y no lo entendieron, pero nos dio igual, porque habíamos inventado otras maneras de enterarnos de lo que pasaba en nuestra ciudad. Sus argumentos se hicieron más endebles cuando el 80% del presupuesto se decidía desde los barrios y se universalizaron las becas de comedor o se puso en marcha nuestra eficiente red de trenes de cercanías a la periferia. Y claro, con ellos en este lado, fue mucho más fácil.

Dejamos de tener reuniones aburridas, estructuradas, con intervenciones farragosas y repetitivas. Entre todas, diseñamos procesos que eran tan lúdicos como un juego de cartas, y con cada nuevo participante, se añadían naipes al mazo, que hacían la partida aún más interesante. Al final ganábamos todos. La democracia, la economía, las leyes, dejaron de estar en una esfera separada de la vida. Nos gustaba vivir así, haciendo. Y estuvo casi todo listo, aunque aún quedaba mucho por hacer.

Ya he escrito que apenas puedo imaginar cómo es la Zaragoza de 2034. Ni siquiera tengo un manual de instrucciones, un mapa para llegar a ella (y está escrito a lápiz y lo redibujamos cada día). Me interesa más el proceso. Podemos llamarlo “economía participativa” o como queramos. Podemos hacerlo en Zaragoza o donde vivamos. Podemos marcarnos el objetivo de 2034, pero el momento de empezar a tomar decisiones locales, económicas y políticas que incluyan a la vida y a las personas en sus planteamientos es ahora.

Relato por Isabel Cebrián

Ilustración por David Guirao

Monica Gimenez

Monica Gimenez

Relatora digital de LAB12/50 y LAB2014. Me dedico al marketing online. Blogger geek a la caza de creatividad. Hago teatro musical, leo comics y como sushi. También @madeinzaragoza

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