LAB2034 Economía de colaborativa en la Zaragoza de 2034

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Soy Lola. Tengo 21 años y estudio el tercer curso del grado TecnoInformación. Me gusta leer, explorar nuevos lugares y dedicar tiempo a mi gente. Algo que a veces resulta difícil porque mi gente está por todos lados. El censo dice que vivo en Zaragoza, pero creo que sería más exacto si dijera que paso la mayor parte de mi tiempo en la red.

Mi madre se llama Pilar, mi padre es Nacho. Aunque son de aquí de toda la vida, tienen la manía de coger la maleta en cuanto ven la oportunidad. Así que lo mío es más complicado. He pasado mi infancia viajando con la mochila, aprendiendo de otros lugares, conectada al mundo escolar a través de plataformas digitales que adaptan los contenidos educativos a mis necesidades en cada momento. Ahora hago lo mismo y estudio en la Universidad Abierta. Un centro formativo virtual y global que permite acceder a contenidos creados por profesionales de la comunicación de todo el mundo. Descargar sus materiales, asistir a debates, utilizar los bancos de libros o formar parte de grupos de apoyo offline dependiendo del lugar en el que te encuentres. Hoy tengo una sesión de trabajo con un par de compañeros de aquí, nos juntamos en un rato en la cafetería del paraninfo de la universidad. El tema del día: comparar las consecuencias históricas de internet con las de la imprenta. Con suerte tendremos a los de Histodata en la mesa de al lado para discutir el tema, son una fuente inagotable de big data y tecnométricas sociales.

Economia colaborativaVivo en un apartamento del casco viejo con amigos. Valdespartera hace años que cayó en el olvido, así que algunos regresamos al centro y otros se fueron a vivir a sus pueblos. Yo elegí quedarme por aquí. Bueno, eso digo. Aunque paso en el piso la mayor parte de mi tiempo, subalquilo mi habitación tres días a la semana a turistas o colegas para subir a la montaña a ver a mi novio, Nico. Él vive en Hoz de Jaca, cerca de Panticosa, donde coordina una comunidad colab con cuatro familias más. Se trata de comunidades autofinanciadas y autosostenibles que disfrutan de la naturaleza gracias a las posibilidades de internet. Digamos que son tecno-hippies. La colab de Nico vive del turismo de meditación, de los productos del huerto y de sus vacas. En Sallent y Tramacastilla hay varias comunidades colab más, cada una especializada en lo suyo. En Sallent son veterinarios y los de Tramacastilla se dedican a la construcción. Así que por ahí siempre hay algo que hacer, si no es ordeñar una vaca es preparar un taller de autoconocimiento o echar un cable con la hormigonera. Muy variado.

Mi hermana María es otra loca de la vida. Ella trabaja en el sector del turismo gestionando viajes para multiplataformas de servicios. Tantos años dando vueltas por el mundo ahora le sirven para dedicarse a dar consejos y encontrar las mejores experiencias locales. Además, tiene un blog que comenzó cuando tenía 12 años en el que abre la puerta a sus pensamientos y relata las sorpresas que se encuentra cuando viaja. Ha perdido la cuenta del número de seguidores que tiene y sus redes sociales echan humo. Así que dedica la mayor parte de su tiempo a viajar por ahí y sacarle chicha a la vida con la ayuda de unos cuantos patrocinadores. Y yo me voy con ella y con mi móvix. A buscar gente interesante, escuchar cosas que nunca nos han contado y vivir la vida de cerca. Nunca sabes quién abrirá la puerta de su casa o con qué historia te acostarás ese día. Así que eso hacemos, improvisar y compartir experiencias con la gente a cambio de unos días de trabajo. Hacemos de todo, desde servir en bares y limpiar casas hasta arreglar jardines o dar clases de swahili a nuestros anfitriones.

Sí, swahili. Has leído bien. Hablo varios idiomas y chapurreo alguno que otro más. Es lo bueno de deambular de vez en cuando y tener amigos vibrando en muchos sitios. Swahili es el idioma que más me gusta hablar, me recuerda al tiempo que pasamos en Tanzania. Mis padres regentaron durante unos años un lodge cerca del Kilimanjaro donde se alojaban mochileros con ansias de montañas exóticas. Nuestra casa era el campamento base desde donde salían pequeñas expediciones con guías tanzanos que ascendían la montaña como si fueran al supermercado. Todavía sonrío al recordar cómo subían por las laderas como gacelas, casi siempre acompañados por drones vigilando cada uno de sus pasos. No sé si me fascinaba más ver a los superhombres negros haciendo su trabajo o a los turistas blancos cargados de tecnología, intentando superar nuevas barreras. En Tanzania aprendí a vivir y conocí a gente maravillosa a la que procuro ir a visitar de vez en cuando. Reservo por subasta un billete de avión con Aeroeasy, una cooperativa aérea medioambientalmente sostenible a la que pertenezco, y a volar.

Aunque es cierto que doy muchas vueltas, al final Zaragoza siempre me encuentra. Esta ciudad desordenada que consigue enraizar hasta a los más díscolos. No sé si por la luz de sus calles o por la fuerza de la gente, siempre termino buscando el tacto del cierzo y el horno del verano. Dicen que hubo un tiempo de esplendor a principios de siglo en el que la ciudad celebró una Exposición Internacional dedicada al agua y crecían laberintos de ladrillo sin control. Parece imposible de creer al observar el caudal que baja hoy por el Ebro, estrecho, inerte y miedoso.

Quizás sea fácil entender porqué hace tiempo muchos locales regresaron al campo, montaron sus negocios y decidieron plantar ahí sus familias. Probablemente yo hubiera hecho lo mismo. La economía insostenible del siglo XX hizo de la Zaragoza de los años veinte una ciudad autoritaria, cuyos administradores inflexibles e ineficientes fueron incapaces de reanimar durante un tiempo. Así que muchos zaragozanos ahogados por las deudas apostaron por una vida en alguno de los municipios rurales necesitados de vecinos con ganas y se marcharon. Supongo que al final todo es más sencillo en petit comité, hablando de tú a tú y evitando intermediarios. Tú pones la confianza y la red pone el resto.

Hoy Zaragoza ha vuelto a ser una gran ciudad, grande sobre todo por la gente que la respira. Es fácil moverse en autotaxi, utilizar terminales móviles compartidos, acceder a plataformas de financiación vecinal o ganarse la vida si te gusta la nanotecnología. Somos muchos menos que antes, pero vivimos más integrados. Cuidamos nuestros productos y servicios locales, autogestionamos el transporte público de la ciudad así como los residuos que generamos, e intervenimos activamente en las políticas públicas de los que nos administran. Sobre todo en aquéllas que tienen que ver con la regulación de nuestras actividades económicas. Después de la que nos armaron hace veinte años, intentamos no pasarles ni una.

 

Relato por Pilar Balet

Ilustración por Davir Guirao

 

Monica Gimenez

Monica Gimenez

Relatora digital de LAB12/50 y LAB2014. Me dedico al marketing online. Blogger geek a la caza de creatividad. Hago teatro musical, leo comics y como sushi. También @madeinzaragoza

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