La crisis de los cuidados desde la economía feminista

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La preocupación actual por los cuidados surge en un escenario de “crisis de los cuidados” (Hochschild, 1955), en el contexto de las transformaciones del capitalismo global en las sociedades del bienestar. Este fenómeno hace referencia al complejo proceso de desestabilización del modelo previo de reparto de responsabilidades sobre los cuidados y la sostenibilidad de la vida, que conlleva una necesidad de redistribución y reorganización social de las mismas (Pérez Orozco, 2006). Las mujeres han accedido al empleo sin disminuir su protagonismo como cuidadoras en el ámbito doméstico, lo que va a plantear límites a la disponibilidad femenina hacia los cuidados, poniendo en cuestión el statu quo en torno a sus formas de provisión, propio de unas sociedades construidas sobre el modelo del varón sustentador/mujer cuidadora (Carrasquer, 2012).

Sin embargo, a pesar de que la doble jornada femenina cuestiona la figura de una proveedora de cuidados siempre disponible, las mujeres siguen siendo las principales cuidadoras en las sociedades de bienestar, donde la división sexual del trabajo persiste sin apenas cambios (Lewis, 2009). Los hombres, a nivel colectivo, no asumen una responsabilidad en los cuidados, más allá de las negociaciones individuales. Es, por tanto, entre las mujeres donde se está produciendo la redistribución de la gestión cotidiana de la vida. Una de esas vías de redistribución se da a través de las mujeres de la familia extensa. La otra vía se da a través de la externalización de los hogares y presenta distintos ejes de estratificación social como la clase, la etnia o el lugar de procedencia. Así, la responsabilidad sobre los cuidados se transfiere de unas mujeres a otras, en base a ejes de poder, siendo las “cadenas globales del cuidado” (Hochschild, 2001) el exponente visible de la exportación del problema.

Sobre el papel del estado puede decirse que es sumamente deficiente y que no está contribuyendo a romper con el modelo de la división sexual del trabajo, delegando los cuidados al ámbito de lo invisible, estructurando los derechos en torno a la unidad familiar y estableciendo distintos grados de acceso a la ciudadanía (Pérez Orozco, 2006). En este sentido, las reivindicaciones feministas de individualización y universalización de los derechos son todavía eso, reivindicaciones. El estado no garantiza un derecho completo a cuidar, en la medida en que no permite abandonar el empleo por el deseo o la necesidad de cuidar, sin que se derive una sanción de esa decisión. Tampoco garantiza el derecho a no cuidar. La escasa provisión de servicios públicos de cuidados, obliga a las (mujeres en las) familias a asumir esa responsabilidad.

Las empresas privadas son otro agente que no está asumiendo una responsabilidad en el cuidado de la vida, pues siguen funcionando en base al modelo del “trabajador ideal”, aquel que se ocupa a tiempo completo e incluso trabaja horas extras, y que destina muy poco tiempo al trabajo de cuidados. Por otro lado, estamos asistiendo a una tendencia hacia la mercantilización de los cuidados. Los mercados han encontrado en este ámbito una nueva forma de obtención de beneficios, lo que implica una expansión de la lógica de acumulación, con el consiguiente incremento de la desigualdad social, en función de la capacidad económica de las personas o familias para comprar servicios de cuidado, junto con la feminización y precarización que normalmente va asociada a este trabajo (bajos salarios, ninguna protección social ni legal, malas condiciones laborales, etc.).

Entre el papel del estado en la provisión de cuidados y el del mercado no existe un corte abrupto, ya que muchos de los servicios públicos de cuidados presentan algún grado de privatización. En este terreno intermedio aparece también con fuerza el tercer sector, que abarca toda una serie de organizaciones sin ánimo de lucro, teóricamente al menos, que ofrecen servicios de cuidados de forma gratuita mediante una parte de trabajo asalariado y otra gran parte de trabajo no remunerado, voluntariado. Es decir, se trata de una muestra más de las deficiencias de un análisis económico aún encorsetado por los límites conceptuales y metodológicos heredados de paradigmas mercantilistas que no logran aunar el estudio de lo monetizado con lo no monetizado.

En conclusión, la crisis de los cuidados se está cerrando de forma no sólo insuficiente e insatisfactoria, sino reaccionaria, en la medida en que se basa en distintos ejes de desigualdad social e invisibilidad tanto de los cuidados como de las personas que cuidan, es decir, las mujeres. Los mercados siguen en el epicentro de la estructura socioeconómica y su lógica se expande también a la esfera de los cuidados. Sigue, por tanto, sin existir una responsabilidad colectiva en el cuidado de la vida. La crisis de los cuidados es un problema socioeconómico de primer orden que sólo puede percibirse en toda su magnitud descentrando los mercados y lo monetizado, y situando el análisis desde la sostenibilidad de la vida. Por ello, ahora más que nunca es necesario el discurso de la economía feminista para contrarrestar la retórica de la economía ortodoxa y visibilizar las inequidades y tensiones estructurales que están emergiendo en el sistema.

Bibliografía:

Carrasquer Oto, Pilar. (2012). El redescubrimiento del trabajo de cuidados: algunas reflexiones desde la sociología. Cuadernos de Relaciones Laborales vol. 31, núm. 1, pp. 92

Lewis, Jane. (2009). Work–family balance, gender and policy. Cheltenham, UK: Edward Elgar, pp. 10-12

Pérez Orozco, Amaia. (2006). Amenaza tormenta: La crisis de los cuidados y la reorganización del sistema socioeconómico. Revista de Economía Crítica, núm. 5, pp. 20-25

Alicia Ger

Trabajadora social y estudiante del Máster de Sociología de las Políticas Públicas y Sociales.

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