Economía feminista: trabajo y cuidados

La economía feminista es, como toda perspectiva crítica, una forma de resistencia, un instrumento más para la disputa del pensamiento hegemónico. Desde sus planteamientos se defiende la confluencia de miradas críticas del sistema socioeconómico, que se caracteriza no solo por ser capitalista, sino también por ser heteropatriarcal, neocolonialista y por estar racialmente estructurado, y, a partir de este consenso, transitar de forma conjunta hacia la construcción de alternativas, que podíamos llamar utopías posibles.

Una de las características del modelo actual es que los mercados capitalistas están en su epicentro. En una sociedad en la que la política se subordina a los intereses económicos, sólo se considera trabajo lo que produce plusvalor, es decir, no se tiene en cuenta el trabajo no remunerado de cuidados que, fundamentalmente, realizan las mujeres en el ámbito privado de los hogares. El sistema capitalista no reconoce los cuidados como un trabajo, a pesar de que, sin ellos, no habría sujetos preparados para realizar las tareas de producción en el mercado. Desde la economía feminista se cuestiona la posición central de los mercados para poner en el centro el cuidado y la sostenibilidad de la vida, es decir, es una perspectiva que va más allá de la igualdad de género, ya que lo que hace es mirar desde otro lugar. (Pérez Orozco, 2004).

Antes de continuar, conviene señalar que los cuidados se han definido a menudo de una forma limitada, tendiendo a excluir las necesidades presentes a lo largo de todo el ciclo vital, como si las personas que no son niños, ancianos, discapacitados o enfermos estuviesen libres de las necesidades de cuidados en la vida cotidiana. Esta idea responde a la figura del homo economicus, sujeto característico de la economía neoclásica, que se nos presenta como independiente, sin necesidades biológicas ni afectivas, que solo mantiene relaciones a través del mercado. Sin embargo, la realidad nos muestra que somos seres vulnerables e interdependientes, que todos necesitamos cuidados en mayor o menor medida. Se parte entonces de que los cuidados abarcan el mantenimiento de la vida y la salud en todo el ciclo vital, si bien hay situaciones en las que se necesitan cuidados intensivos y/o especializados.

En el capitalismo fordista la resolución de los cuidados se conseguía mediante la división sexual del trabajo, que adscribía a las mujeres a los trabajos de cuidados no remunerados y a los hombres al trabajo asalariado. Ahora, este modelo está en quiebra por múltiples factores como el envejecimiento demográfico, el cambio en el tamaño y la composición de los hogares y la incorporación de la mujer al trabajo remunerado, que hacen que afloren las tensiones estructurales contenidas del sistema. Estalla así el conflicto entre el capital y la vida. Prueba de ello son los problemas de “conciliación” familiar y laboral, que demuestran la imposibilidad de responder simultáneamente a dos lógicas contrapuestas, las necesidades de los cuidados y las necesidades de valorización del capital.

Uno de los aportes de la economía feminista hace referencia al trabajo de las mujeres, tanto en la esfera productiva como en la reproductiva. Hay que tener en cuenta que la desigual distribución del trabajo de cuidados está marcada por el género, lo que contribuye a limitar la participación de la mujer en el mercado laboral. Esto está estrechamente relacionado con la brecha de género y con la feminización de la pobreza. Es decir, para conseguir la equidad de género hay que politizar los cuidados. En este sentido, la economía feminista ha tratado de elaborar una visión del mundo social y económico que integre los trabajos necesarios para la subsistencia, el bienestar y la reproducción social y que tenga como principal objetivo satisfacer las necesidades humanas. (Carrasco Bengoa, 2011).

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No es posible explicar aquí las propuestas políticas de la economía feminista, no obstante, se apuntan algunas medidas de transición:

– La apuesta por los servicios públicos de cuidados para la atención a la infancia y a la dependencia.
– La corresponsabilidad de los cuidados entre hombres y mujeres, involucrando también a las empresas y al Estado como agentes que apoyen los cuidados, en lugar de penalizarlos.
– La redistribución de los cuidados, mediante fórmulas colectivas y la creación de cooperativas de empleo de hogar.
– La puesta en marcha de políticas de conciliación que no presenten sesgos de género, es decir, permisos iguales e intransferibles de maternidad y paternidad.

Sin embargo, todavía son muchas las dificultades a las que se enfrenta la economía feminista. Una muy importante es la ética reaccionaria del cuidado, según la cual se asocia el trabajo de cuidados a un trabajo de mujeres, entendiendo que es natural en las mujeres poner las necesidades de los demás por encima de las propias, algo que también se observa con las cadenas globales de cuidado.Esto está relacionado con las construcciones de feminidad y masculinidad, y con los roles que se han asociado a ellas en el marco de una división binaria del género, que tiene a la familia como modelo de normalidad hegemónica.

Desde el feminismo se critica esta noción del cuidado porque está basada en el sacrificio de las mujeres, se estructura en el ámbito privado de la familia, donde la mujer se encuentra en una situación de desventaja, y porque contribuye a acallar el conflicto capital-vida. A pesar de que el problema comienza a visibilizarse, desmontar estas nociones sobre los cuidados requiere de tiempo. Es por ello que la economía feminista todavía está en una fase de concienciación de las instituciones públicas y del conjunto de la sociedad.

Pérez Orozco, A. (2004). Subversión feminista de la economía. Aportes para un debate sobre el conflicto capital-vida. Madrid: Traficantes de sueños.

Carrasco Bengoa, C. (2011). La economía del cuidado: planteamiento actual y desafíos pendientes. Revista de Economía Crítica. (11).

Alicia Ger

Trabajadora social y estudiante del Máster de Sociología de las Políticas Públicas y Sociales.

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