Crisis de refugiados: la mirada de una superviviente bosnia

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Ha corrido por la montaña con sus dos hijos a cuestas, la perseguía el miedo a morir. También ha experimentado la oscuridad más siniestra de un campo de concentración; en él, además, la preocupación se comía hasta lo que no llegaba a su estómago. Por años, desconoció el paradero de su esposo; grabando un reportaje de televisión sobre refugiados, se enteró de que él había muerto minutos después de la última vez que lo vio.

Mirsada Kuckovic tiene la desgracia de poder relatar una guerra en la que algunos dirigentes alentaron la “limpieza étnica” en los Balcanes. También ha tenido la suerte de sobrevivir a ella con sus dos pequeños, Mirsad y Amir, que ahora ya no son tan pequeños.

Pueden cambiar los nombres, las latitudes, las fechas. Pero las vivencias, la incertidumbre, la inseguridad, los riesgos conservan un factor común: ningún desplazado de guerra abandona su hogar por placer.

Para ayudar activamente a los miles de desplazados por la guerra civil en Siria, los miembros de La Colaboradora preparan una jornada de sensibilización para el 23 de junio en la que se recaudarán fondos para la creación de huertos en los hogares de refugiados en Líbano y la asistencia de refugiados en Grecia. Si no puedes asistir, tienes la opción de comprar tu entrada de “fila cero”.

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Cartel del Reto Social “Mójate por los refugiados” creado por María Romero, miembro de La Colaboradora.

 

Aunque Mirsada tampoco lo tuvo fácil, lamenta que las víctimas de la actual crisis de refugiados en Oriente Medio lo van a tener más complicado. El cierre de fronteras en Europa no ayuda.

La pérdida
En mayo se cumplieron 24 años de la salida de Mirsada de Kozarac, Bosnia, y del asesinato de su compañero de vida, Samir. Ese 26 de mayo es una fecha que Mirsada lleva tatuada con tinta en la muñeca y con dolor en el corazón. Y no tiene reparo en reconocer que al asesino de su marido solo le guarda odio.

No esconde su identidad de refugiada, pero ella se siente “de aquí”. Su acento en castellano, mezclado incluso con algún deje catalán, la delata un poco, aunque presume de que la tortilla de patatas le sale como si fuera una auténtica española. Es una mujer luchadora, como tantas, que ahora reivindica su derecho a ser feliz, incluso sabiendo que su mayor enfermedad, dice, ha sido tener el corazón roto.

Su historia incluso tiene un libro, aunque también nos la comparte en entrevista telefónica.

Mirsada Kuckovic, con sus hijos Amir y Mirsad

Mirsada y sus hijos poco después de llegar a España

Eras enfermera. Aunque inicialmente no es una profesión que pudiera parecernos de riesgo, te conecta de primera mano con el drama de una guerra. ¿En qué momento tomas la decisión de salir de tu país y qué lo motiva?

Pensábamos que esto no nos iba a pasar a nosotros, lo veíamos un poco lejos. Pero a primeros de mayo de 1992 empezaron a venir refugiados a mi pueblo [Kozarac], que está cerca de la frontera con Croacia y nos dimos cuenta de que esto [la guerra] iba en serio. Yo trabajaba como enfermera y un día fui a trabajar y me dijeron que no podía entrar [al hospital] porque soy bosnia. Volví a casa y por 24 horas nos encerraron sin dejarnos salir del pueblo. Nos dijeron que no iba a pasar nada, pero después llegaron los francotiradores, por tres días. Al cuarto, nos fuimos a esconder al bosque y, cuando nos encontraron, los soldados nos dijeron que podíamos salir, que no nos harían nada. Luego, uno de ellos acusó sin motivos a mi marido y se lo llevaron a una casa al costado de la carretera. Ahí ya pensaba que lo iban a matar. Me senté en la carretera, no tenía fuerzas y empecé a llorar. Tuve que engañar y decir que mi hijo no se encontraba bien para que en una ambulancia nos llevaran al hospital [y así llegar al pueblo donde vivían sus suegros, de quienes esperaba ayuda para poder rescatar a su esposo] y en el trayecto oí cómo mi marido suplicaba que no lo mataran. Escuché una bala, pero no sabía si había sido él, porque se habían llevado a cuatro personas.

¿Cómo llegaste a España? ¿Cuál fue la travesía?

Desde el campo de concentración en el que estábamos [Trnopolje], la única solución para salvarnos, entre comillas, era ir con unos camiones que pasaban por la montaña y que llegaban al centro de Bosnia; desde donde estábamos había unos 200 kilómetros hasta Sarajevo. Pero no teníamos dinero ni nada y a mitad de camino nos dimos cuenta de que cada billete para subir al camión tenía un precio y si no se pagaba, te mataban. En nuestro camión tuvimos suerte y no mataron a nadie, pero cuando nos dejaron en la montaña pensamos que lo harían, así que empezamos [ella y sus dos hijos] a correr; fueron unos 15 kilómetros. Después llegamos a un campo de refugiados, sin higiene, sin medicinas, con muy poca comida. Y luego fuimos a otro campo al que llegaba mucha ayuda, pero que no se aprovechaba, porque muchos abrían tiendas con lo que nos mandaban a nosotros. Allí conocí a un periodista italiano que me prestó dinero y conseguimos llegar a Zagreb, Croacia. Fue una gran alegría pasar la frontera, pero tampoco fue nada del otro mundo: dormíamos seis en una cama. Hasta que un día pudimos reencontrarnos con mis padres, que estaban en otro campo cerca de Split [Croacia] y me llamaron para decirme que para Navidad nos podíamos ir a España. Vinieron a buscarnos los cascos azules, que nos llevaron al aeropuerto para volar hasta Madrid. Cerca de Reus, en Cornudella de Montsant, una familia [la de Pere Estivill] se puso en contacto con Acnur y les dijo que podían acogernos y allí estuvimos viviendo cinco años, hasta 1997.

¿Tuviste algún otro apoyo, además del de tu familia de acogida, de tipo institucional?

En este momento no había nada. Claro, en teoría, como refugiado no podías trabajar [estuvo tres o cuatro años con contrato de prácticas en un hospital], pero después salió una ley por la que, por circunstancias excepcionales, teníamos derecho a trabajar. De entrada, nuestro problema era que no había ningún programa para refugiados. Si se acogió a tres mil refugiados, al final nos quedamos muy pocos. Todos, cuando encontraron a sus familiares, se marcharon a Alemania y a otros países más ricos.

¿Has sufrido algún prejuicio?

Nunca nadie me ha mirado mal ni me ha dicho nada. Últimamente estoy haciendo comentarios entre mis amigos para ver qué que piensan [de los refugiados] ahora que estamos en crisis. Yo entiendo perfectamente que la gente en España tiene sus problemas, pero insisto en que nadie de nosotros [refugiados] ha querido salir de su pueblo. Por desgracia, estas cosas pueden pasar hoy en día en cualquier sitio. Y cuando se dan cuenta de que no hay que tener miedo de un refugiado, que no viene a quitar trabajo, que es una persona como todos, que pasa por una circunstancia mala como nos puede pasar a todos, siempre hay una mano que quiere ayudar.

¿Quieres escuchar la historia de Mirsada de viva voz? ¡Dale al play!

Beatriz M. Utrilla

Beatriz M. Utrilla

Periodista, comunicadora, curiosa, preguntona. Soy una apasionada del contenido, del guión, de la escritura y la reescritura. Reconozco que puedo ser algo friki y fundamentalista con la gramática y la ortografía. Llegué a La Colaboradora con un proyecto que transita entre entretenimiento, cultura e historia. Aunque ahora permanece pausado, mi cabeza sigue en ese run run...

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