Últimamente no hago más que escuchar a mi alrededor la frase “no podemos abarcar nuevas tareas ni nuevas formas de hacer las cosas; lo que necesitamos es contar con más personas en los equipos de trabajo”. A veces no se trata de contar con más personas sino de reorganizar las cargas de trabajo, de innovar. Detrás de esas palabras la realidad suele esconder una total resistencia al cambio. Algunas personas son verdaderas especialistas en quejarse, llorar y maldecir que no pueden hacer nada por una retahíla de excusas que se creen (desgraciadamente, de verdad). Cambiar no es fácil pero tampoco es imposible. Es fundamental tener una actitud adecuada.

Muchas organizaciones están llenas de amebas de carne y hueso, es decir, seres estáticos que repelen el cambio con uñas y dientes. Les encanta vivir en un letargo, donde hacen lo mismo de siempre y, si pueden, ni eso. Se dejan llevar por la rutina, ignorando que el mundo y la sociedad van cambiando. Esto conlleva que ellos siguen haciendo lo mismo de siempre, perjudicando a su organización, compañeros y clientes finales. Su himno vital es el lamento, el lloriqueo y la lágrima. Encontrarte con estas personas es un dolor vital; te desgastan mentalmente. La clave es resistir y persistir.

Parece que la innovación solamente la pueden aplicar e implementar gente disruptiva, que son verdaderos agentes del cambio. El cambio lo podemos acometer cualquiera y aquí os doy algunas claves para ser capaces de hacerlo.

Primero. Piensa en pequeño para ir ampliando el cambio a facetas más grandes de tu entorno personal y profesional. Muchas veces, queremos cambiar nuestra empresa de golpe. Debes centrarte primero en cosas que dependan de ti y que estén en tu área de trabajo. Al final, vas introduciendo la innovación desde la acción. Luego ya ampliarás. Empieza por buscar otra forma de hacer las cosas de tu departamento.

Segundo. Innovar y cambiar requiere estar abierto a otra forma de hacer las cosas. Supone dejar salir de tus hábitos y de tu mente conocimientos, formas de hacer las cosas y planteamientos que ya no funcionan. Debes dejar la queja y buscar comentarios constructivos que faciliten otra forma de hacer. Criticar lo que otros proponen es lo fácil; si no te gustan sus propuestas de cambio, propón los tuyos, más coherentes y adecuados. La página en blanco es dura para todos.

Tercero. Investiga qué se está haciendo fuera de tu entorno, de tu trabajo y de tu zona de confort. Esto ayuda a adquirir ideas diferentes de las que poder aprender para adaptarlo a tus necesidades reales. Muchas veces, las soluciones están fuera y es cuestión de querer hacer las cosas de otra forma.

Cuarto. La clave es fomentar una actitud proactiva, positiva y constructiva. Se trata de afrontar los cambios con ganas. No podemos cambiar lo que nos ocurre, sin embargo, sí que depende de nosotros la forma en la que afrontamos esos acontecimientos. Esto supone formar a nuestras personas en otra forma de afrontar los retos, por lo que será necesario invertir en culturizar a las personas.

Quinto. Los líderes son los que tienen que impulsar y facilitar esa cultura del cambio. Si ellos son el principal freno no tenemos nada que hacer. No podemos pretender que el resto de la organización salga de sus zonas de confort cuando sus responsables hacen todo lo contrario. Tenemos que ser coherentes. Para convencer a los demás de que el cambio es bueno se tiene que dar ejemplo. A veces será necesario saber explicar, implicar y gestionar el cambio.

Sexto. Es necesario saber explicar el propósito final de esos cambios que son necesarios implementar. Tienes que escuchar a tus personas; eso sí, no valen las quejas, tienen que argumentar hechos objetivos que impidan esos cambios. Muchas veces, nuestras razones son subjetivas y tienes detrás miedos, experiencias y matices viciados.

Séptimo. Innovar supone tener paciencia, ser resistente y persistente. No puedes tirar la toalla a la primera de cambio. Demuestra con hechos que esos cambios son buenos para la organización. Muestra resultados que avalen tus propuestas.

Octavo. El cambio tiene que estar sostenido en un plan a largo plazo con un seguimiento de las acciones que se van acometiendo, por lo que será fundamental que se vea el recorrido. Se trata de ayudar a las personas a implementar el cambio en su día a día profesional, rectificando lo que les resulta duro.

Noveno. La comunicación es clave en todo ese proceso. Debemos saber vender esos cambios. No obstante, a veces también tendremos que ser tajantes y no dar opción. Si damos a elegir, muchas personas no querrán cambiar. La vida es cambio y esa cultura es la que se debe transmitir.

Décimo. La creatividad y/o la innovación no vienen un día sin esperarlas. Tenemos que entrenar nuestra creatividad y cultura de cambio. Cuanto más tiempo dediquemos a crear, innovar y cambiar más fácil nos resultará. Esto requiere práctica. Hacer lo de siempre no es innovar sino es dejarte llevar por la rutina. El cambio no es una opción, sino que es necesario abrazarlo. Las cosas cambian cada vez con más rapidez y necesitamos ser capaces de adaptarnos.

Cambiar depende de vosotros. Es cuestión de querer hacerlo o no. Todos nosotros estamos acostumbrados a unas rutinas y salir de ellas nos hace patalear porque hacemos un mundo de una nimiedad. Cada vez tengo más claro que me gusta que me cambien las cosas para forzarme mucho más a salir de mis hábitos.

¿Qué haces para innovar?

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