No puedo evitar que este asunto de las ciudades inteligentes me recuerde todos esos mitos de los primeros ingenieros informáticos (Turing) o de los pioneros de la electrónica (Kurzweil), una especie de ilusión que magnificaba las máquinas pensantes, las máquinas inteligentes, para hacerlas hasta espirituales. Puede que sea cosa mía, no lo discuto, pero sospecho que nadie llamó inteligente a una ciudad que automatizaba el orden circulatorio a partir de semáforos. Evidentemente no llega el asunto a tanto pero Musky, por ejemplo, nos insinuó desde las ciencias cognitivas que podríamos convertirnos en animales de compañía.

En cualquier caso de la inteligencia al automatismo hay una enorme distancia y la confusión de términos es algo que nos esta afectando demasiado, tanto desde estas posturas mitificadoras como desde las que implican corrección política o disfraz de la realidad. Lo que me apena de verdad es que trasladamos a las máquinas, a la tecnología, la idea que tenemos de inteligencia humana; me pone triste y me asusta. Quizá es que vamos vaciando a la inteligencia de su condición y la reducimos, como mucho, a lo que siempre ha sido simple astucia  (así nos va). Ahora sólo queda pensar que la humanidad automatizada y uniformizada en comportamiento, pensamiento y discurso pretenderá ser inteligente.

También es posible que hayamos alcanzado un punto en el que la fe tecnológica y las esencias del progreso las reduzcamos a una máquina de vapor actualizada. Con una diferencia, entonces sabían que sólo era maquinaria y nosotros le atribuimos inteligencia a lo que no deja de ser sino el resultado de una secuencia algoritmica.

No sé, veo la apología de las ciudades inteligentes bien cercana a los mitos del steampunk. O a esa revolución biolítica que nos anunció Kempl y que proyecta una tercera alineación, la tecnociencia, que sustituye o complementa (no es fácil la distinción) a la religión y a la política (o eso en lo que han convertido a la política). Una “revolución” que construye una conciencia colectiva desde códigos “indiscutibles” y que en nada se corresponde con esa realidad que nos lanzaba a un homo ludens tan deseado (Huizinga). La paradoja del desarrollo. Sí, soy consciente, las ciudades inteligentes no se pretenden para esto, pero, disculpen, ese mito tecnoutópico planea sobre todo.

McLuhan nos confirmaba que ponemos los contenidos de los viejos medios en los nuevos porque no acabamos de encontrar el camino del recién estrenado lenguaje. Quizá eso nos pase con las ciudades inteligentes, que no hemos sabido salir de ese pensamiento biotecnológico y lo aplicamos en forma de mito. Soñamos con la inteligencia colectiva, con la noosfera y lo hacemos desde esa “nostalgia del original” que nos hace trasladar valores humanos al resto de los seres u objetos que nos rodean (Walt Disney lo hizo muy bien)

Puede que sea un ejercicio crítico el que pretendo pero es conveniente no perder de vista la filosofía, aquello que pregunta y se pregunta, para no entrar en hábitos exagerados en su expresividad. Exaltar la inteligencia sin celebrarla en ella misma no nos convierte en seres desarrollados. Pero como dice Fischer, “vivimos en el corazón de los mitos”, y las nuevas civilizaciones requieren siempre de leyendas fundacionales, de nuevas estéticas

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José Ramón Insa Alba

Coordinador de Proyectos y Redes en la Sociedad Municipal Zaragoza Cultural. Area de Cultura del Ayuntamiento de Zaragoza. Pasé por ZAC durante cuatro años como responsable del ThinkZAC.

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