Cuando pasamos por una crisis vital, como puede ser un cáncer, otra enfermedad que suponga un cambio sustancial, un duelo, la pérdida del trabajo… es fácil que nos encontremos, de repente y cuando más las necesitamos, con que no tenemos las herramientas necesarias para transitar lo que nos ocurre de una manera saludable para nosotros mismos.

Y es que, al menos todavía, no se enseña gestión emocional en el sistema de enseñanza reglada. La aprendemos de manera informal. Esto es, en casa de la observación, en la televisión y demás contenido visual, en nuestra vida social… pero no hay nadie (a no ser que se busque mucho y sea un tema que te suscite interés) que te explique las cosas claras y de manera objetiva. Como que para lidiar con el miedo paralizante puedes promover las conexiones con los otros o elaborar la historia de tu miedo, por ejemplo; o que la tristeza ni se niega ni se reprime, como todas las emociones se detecta, se siente, se escucha, pues tiene un mensaje, y se deja ir.

Se nos enseña a ganar pero no a perder, ¡con lo que se aprende de las pérdidas y los fracasos! No se nos enseña a gestionar desengaños amorosos, a nutrir nuestra autoestima desde el yo y no desde los otros, no aprendemos a gestionar conflictos aunque son inherentes a la vida, no sabemos lidiar con las malas noticias… Y todo esto, sumado a esta corriente actual del “si quieres ¡puedes!” que tanto daño hace a veces.

Para mí, la vida es otra cosa. La vida es cambio e incertidumbre en mucha mayor medida que estabilidad y ahí está la chispa. Y en cambio se nos ha vendido, y nuestro ego que tanto gusta de certezas no ha dudado en comprar, la idea de que la vida se puede controlar. Ese ¡virgencica que me quede como estoy! Que tanto se dice en Aragón.

No se nos enseña a aceptar la muerte como un proceso más de la vida, a pesar de que lo es. No aceptamos la única certeza que tenemos hasta que no es indispensable o demasiado tarde. Vivimos de espaldas a la muerte y eso es vivir a medias.

Por todo esto entre otras cosas, cuando vamos al médico a un control rutinario y nos dicen: tienes cáncer, se nos cae el mundo encima. Los cimientos de toda nuestra vida y de la de aquellas personas que nos quieren se tambalean. Porque en nuestro día a día usamos mucho el mecanismo del “esto a mí no me va a pasar” y el de “ojos que no ven, corazón que no siente”.

La enfermedad tiene una idiosincrasia particular. Atrae muchos miedos a tu día a día, te enseña de repente que la vida no es eterna y que cuando se dice ¡lo primero que tengamos salud!, es verdad. Lo más posible es que te cambie el sistema de creencias y valores sobre el que se asentaba tu comprensión acerca de lo divino y de lo humano. Personas que pensaban que no eran creyentes, se descubren rezando por su sanación, por ejemplo. Y todo esto requiere de ajustes.

Durante el proceso de la enfermedad (diagnóstico, tratamiento, recuperación y, en el mejor de los caso, cura) la mayoría delegamos casi todo a los médicos. Volcamos en el equipo médico la responsabilidad de curarnos y esto conlleva decepciones y conflictos. Me explico. El médico informa, aconseja, incluso en algunas ocasiones acompaña pero no da, porque no las tiene, todas las respuestas. El médico conoce el centro del proceso, el tratamiento farmacológico. Pero la curación (entendida como la superación completa de la enfermedad) no depende solo de que sanemos a nivel físico. Esto es condición sine qua non, ¡qué duda cabe!, pero el médico no nos va a quitar los miedos a los que nos deberemos enfrentar y los que se nos van a quedar después de escuchar las ansiadas palabras “remisión completa”. No nos va a enseñar a controlar y calmar nuestros pensamientos. No nos va a orientar en cómo podemos crear una red social de sostén y apoyo a nuestro alrededor. Y en tantos otros aspectos necesarios para transitar una crisis vital y sanar en todos los ámbitos de nuestra vida.

Cuando nos dan una noticia de este tipo, o nos ocurre algo parecido, siempre nos pilla con el pie cambiado. Es normal y prácticamente inevitable. Ahora bien, lo que sí podemos evitar es esa sensación de desesperanza, de no saber qué hacer, qué necesitamos, a quién acudir, con quién contar. Y en esto nos puede ayudar la gestión emocional.

Por todo esto, porque a mí me ocurrió y me salvó mi profesión y las herramientas que ya conocía, uno de los proyectos que quería emprender dentro del programa MIE eran los Círculos de Cuidados.

Los Círculos de Cuidados son espacios de conversación cuidados, íntimos, en los que poder compartir. En los que poder llorar y también reír. En los que poder compartir estrategias y herramientas. Construir saber común para transitar una experiencia vital compleja y todo lo que engloba. Grupos en los que los objetivos pasan a un segundo plano y lo que importa es el cuidado y autocuidado de las personas.

Son espacios para construir red de apoyo, de sostén. Para hablar de todas esas cosas que en tu día a día no hablas con nadie «por no estar siempre con el mismo tema», por no incomodar. De todos esos temas en los que no te sientes comprendida o comprendido como lo haría alguien que sí ha pasado por algo similar.

En estas citas, las personas que participan se sienten libres de compartir, de hablar. Se sienten arropadas pues el resto escucha, asiente, comprende desde la empatía que da el verte reflejada en la experiencia del otro. Están facilitados por una persona experta en gestión emocional que acompaña en las sesiones recogiendo inquietudes y dándoles respuesta, proponiendo temáticas a trabajar (¿cómo nos sentimos al cuidar y ser cuidados?, ¿qué emociones tienes ahora que no sabes cómo gestionar?, etc.)

En momentos vitales complejos, contar con una red de apoyo y sostén puede marcar la diferencia. Puede ser aquello que despierte en ti tu capacidad resiliente. Ese detalle que provoque que consigas el tan ansiado bienestar emocional.

Puedes elegir tu Círculo en horarios de mañanas (10:00 a 12:30) o de tardes (de 17:00 a 19:30). Próximas fechas:

  • 10 y 24 de julio (tardes)

  • 17 y 31 de julio (mañanas)

Para más información puedes llamar al 640.343.854 o escribir a info@copilotoemocional.es

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SeLeNe

Soy Trabajadora Social experta en educación socioemocional y hace un par de años, por una experiencia personal, decidí fundar Copiloto Emocional. El objetivo es poner mi experiencia personal y, sobre todo, la profesional al servicio de personas y su entorno que tengan que enfrentar el reto vital que supone transitar un cáncer y lo quieran hacer de una forma más positiva. Actualmente, trabajo como Mediadora en el programa de Zaragoza Activa y la Universidad de Zaragoza: Mediación, Innovación y Emprendimiento (MIE), desarrollando la parte más comunitaria y social de mi proyecto Copiloto Emocional. Y esto lo hago, de un lado, a través de la creación de espacios de conversación para las personas que de alguna manera tengan la presencia del cáncer en su vida. Con el objetivo de construir saber de manera conjunta. Y, de otro, con el impulso y la facilitación de círculos de cuidados para pacientes, expacientes, familiares y personas cuidadoras para transitar el proceso de la enfermedad de manera conjunta.

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