Alrededor de lo libre y abierto (licencias, modelos y comunidades)

¿Es posible adaptar la lógica del software libre a otros ámbitos productivos? ¿Qué tipo de entramados relacionales y modelos de negocio se podrían generar en relación a los productos o servicios basados en las licencias tipo Creative Commons? ¿Además del código libre, como hacemos sostenible el desarrollo de la cultura y el conocimiento libres? ¿Pensamos, además de en licencias, en modos de articulación productiva y de redistribución de valor basados en las comunidades?

Por Margarita Padilla

 

Cuando el mundo todavía estaba polarizado en dos bloques que dividían el planeta, vio la luz la licencia GPL.

Hasta los años sesenta, más o menos, los programas de ordenador se construían e intercambiaban bajo un modelo cooperativo similar al de otras ciencias académicas, como la física o las matemáticas. Pero esto empezó a cambiar cuando la industria del software decidió reservarse el código, es decir, “vender” el programa funcionando pero sin entregar su código a los clientes ni a los colaboradores, lo que en la práctica equivalía a comercializar el software bajo la fórmula de una licencia de uso y, en definitiva, a hacerlo privativo.

En reacción a este ataque a las formas de producción cooperativas surgió, entre otras iniciativas, la de diseñar una licencia de derecho de autor que impidiera la privatización del código. Es así como se inventó la licencia GNU General Public License, conocida como GPL.

Una licencia es código jurídico. Es algo que debes poder hacer valer ante un tribunal. Las licencias son largas y están escritas en lenguajes farragosos, por eso no las leemos. Pero, dicho en corto, la licencia GPL, que es la más utilizada para el software libre, garantiza a los usuarios (tanto si son personas como organizaciones, empresas, etc.), la libertad de usar, estudiar, compartir (haciendo copias) y modificar el software. O, dicho de otra manera, ante una pieza de software licenciado con la GPL, independientemente de quién lo haya programado, tienes derecho a usarlo, estudiarlo, copiarlo para ti o para compartirlo y modificarlo. Para que puedas ejercer ese derecho, se te ofrece acceso al código. Sin el código no hay manera sencilla de estudiar o modificar un programa.

En contrapartida a esos derechos, la GPL impone una obligación: las modificaciones de un software libre tienen que seguir siendo software libre. Por eso se dice que es una licencia “vírica”. El software “tocado” por la GPL ya no va a poder ser privatizado.

Es un debate interminable, y muy rico, el considerar porqué una empresa o una persona que hace software, decide, justo porque es autora y puede aplicarle una licencia de derechos de autoría, usar la GPL. En los extremos, las posturas se polarizan entre las éticas y las prácticas. Las éticas: es la licencia que ofrece el software como derecho de ciudadanía y es la que da más libertad a las personas. La práctica: es un requisito para que la programación sea colaborativa y se hagan mejores programas más rápido, es decir, es la más eficiente.

Lo que sí es indiscutible es que la GPL se inventó para que el software no fuera privatizado, pero no para que no se pudiera hacer negocio con él. Ahora bien ¿qué tipo de negocio?

Visto con treinta años de perspectiva, creo que estaremos de acuerdo en que el software libre ha hallado modelos de negocio no solo compatibles sino explícitamente apoyados en la licencia GPL (y otras similares).

Aunque cada producto o servicio de software libre ofrece sus variaciones, con la abstracción suficiente podemos observar rasgos comunes en los modelos de negocio. A mi entender, los principales son:

  • En muchos casos hay una entidad sin ánimo de lucro (fundación, asociación…) que pilota el proyecto y vela por el mantenimiento de la neutralidad y de los fines sociales.
  • En muchos casos esta entidad central sin ánimo de lucro, convive con un conjunto de asociaciones locales, en distintos países, que organizan a la comunidad. En estas asociaciones locales, a menudo las personas más activas son las que trabajan en empresas que tienen más prestigio o que obtienen más retorno.
  • En muchos casos hay unas pocas empresas (grandes o muy grandes) que lideran los desarrollos y tienen ahí sus principales líneas de negocio.
  • En muchos casos, otras muchas empresas que no lideran los desarrollos, también abren líneas de negocio sobre ese software, hasta cierto punto ajeno (mi cooperativa Dabne forma parte de este tipo de empresas).
  • En muchos casos se genera una comunidad productiva más o menos autoorganizada, que contribuye al proyecto y también puede extraer renta de él.
  • En todos los casos hay un software base que es de uso público.
  • En algunos casos hay servicios o desarrollos verticales que son de pago.

La resultante de este entramado de relaciones, es que tras los productos o servicios de software libre vamos a encontrar sistemas muy complejos, en los que lo grande y lo pequeño se reconocen como mutuamente valioso, interdependiente y necesario.

Estos modelos no están exentos de conflicto. En los sistemas de software libre las tensiones y negociaciones son continuas. El poder de negociación interna, hasta cierto punto, está distribuido, pero hay que “luchar” por mantenerlo redistribuido y que no se concentre. Las desigualdades (económicas, de poder, etc.) no se disuelven completamente, pero a mi entender, estos modelos ofrecen juego y más o menos siempre tienen abiertas las opciones para que “los pequeños” consigan renta. Es lo contrario a un monopolio.

Lo que me pregunto es si estos modelos de negocio bajo los que se está produciendo el software libre son extensibles a empresas que producen otro tipo de bienes o servicios (diseños, cultura, etc.). O, mejor dicho, cómo habría que adaptarlos para que lo fueran.

 

Ya después de la caída del Muro de Berlín, con la globalización en marcha, empezaron a surgir corrientes muy poderosas a favor de lo abierto, así en general, identificando lo abierto con lo libre. Y una de ellas fue el movimiento a favor de la cultura libre. Para poder implementar la cultura libre, una de las cosas que hizo este movimiento fue diseñar sus propias licencias, inspiradas en las de software libre, que son las Creative Commons, también conocidas como CC.

Apoyados en las CC, con la llegada del nuevo siglo fueron abriéndose camino nuevos modelos de negocio (basados en contenidos, en datos personales, en producción independiente, compartición, remezcla, prosumo…) muy beligerantes contra los modelos considerados obsoletos (basados en licencias, en entidades de gestión, en legislaciones restrictivas, criminalizadores de la “piratería”,…).

Lo que me interesa es indagar sobre qué tipo de sistemas productivos, qué economía, qué formas de producción, qué entramados se han desarrollado en relación a los productos o servicios basados en CC.

Solo para iniciar el debate diría que, desde mi punto de vista, la economía que se levanta detrás de la GPL y la que se levanta detrás de la CC, aunque sintonicen en una misma visión, e incluso valores sociales, no son comparables, porque ambas protegen dos tipos de trabajo-conocimiento que tienen cualidades muy distintas.

Tal como yo lo veo, la diferencia grande entre el software con su GPL y la cultura con su CC consiste en que el software es un código y las producciones culturales no. Que el software sea código significa que su puesta en solfa todavía requiere mucho conocimiento, parecido a las destrezas que se requieren para pasar de una partitura musical (código) a su interpretación.

La diferencia entre GitHub y Flickr no está tanto en las plataformas en sí, como en el tipo de contenido que albergan. Requiere más conocimiento poner a funcionar un código bajado de GitHub que utilizar una foto de Flickr. ¡Ojo! No es que hacer fotos sea más fácil que hacer software. Ni mucho menos. Lo que ocurre es que el software es más parecido a una partitura (requiere ser interpretado) y la foto es más parecida a la interpretación, almacenada en un formato replicable. El grado de acabado de uno y otro producto, y la autonomía con la que pueden funcionar, son distintos.

No es que los informáticos hayan sido mucho más listos que los fotógrafos a la hora de armar sus desarrollos jurídicos y empresariales. Lo que ocurre es que, hoy por hoy, la forma más eficiente de desarrollar código es hacerlo en comunidad. Las empresas de software invierten en comunidad, explícitamente. Comunidades que mantienen un cierto control sobre el producto de su trabajo y una cierta capacidad de negociación y contrapeso.

¿Tenemos un modelo económico viable para, por ejemplo, una comunidad en la que grandes agencias de periodismo gráfico y periodistas freelance o amateurs, compartan un repositorio gráfico procomún que dé oportunidades económicas para todos o distribuya de alguna manera los beneficios o las rentas? Porque está claro que Flickr no es una comunidad con capacidad de agencia y de negociación ¿verdad?

La consecuencia de que muchos productos o servicios CC no requieran de comunidades fuertes, es que los réditos económicos del copyleft no se distribuyen ni poco ni mucho, (o lo hacen muy malamente), puesto que en la práctica son acaparados por los fuertes (aunque esos fuertes venden la mentira de que si eres genial, tanto como ellos lo fueron, siempre podrás triunfar, igual que ellos lo hicieron).

Esa dificultad, casi imposibilidad, para distribuir los réditos es lo que justifica que las licencias CC permitan proteger la obra bajo la clausula No Comercial, algo impensable para el software libre y que hace que, bajo un juicio estricto, estas licencias no puedan ser consideradas libres.

Lo que haría notar es que hay una gran diferencia entre impedir que mi obra se distribuya por circuitos comerciales (sea con la clausula No Comercial de la GPL, sea con otras licencias de reciprocidad y producción entre pares, como la Copyfarleft) y proteger el software contra dinámicas de monopolio con la GPL. Porque la GPL sí que permite usos comerciales, y por lo tanto, levantar todo tipo de economías, grandes y pequeñas. Lo que no permite son dinámicas de monopolio.

 

Allí donde el conocimiento complejo debe ser realimentado y redistribuido, la comunidad es imprescindible. No hay software libre sin comunidad y la licencia es “solo” un instrumento legal. Por eso, no nos cansamos de decir que una de las formas de matar las comunidades es expropiarlas de su conocimiento o hacerlo inservible. Y esto vale tanto para el software como para las comunidades de indígenas que custodian el conocimiento sobre las semillas o para las comunidades de mujeres que conservan y transmiten el autoconomiento sobre los partos.

Donde vemos licencias, quizás deberíamos ver diversos modos de articulación de comunidades (más o menos autónomas, autogobernadas, etc.) para las que la licencia es solo un instrumento imprescindible y necesario, pero no suficiente.

Lógicamente, no se trata de blanco o negro sino de matices. La Wikipedia, por ejemplo, está a medio camino entre el software y la cultura. Alberga una obra cultural más cercana al conocimiento que YouTube, y por eso requiere de más comunidad. Pero ahí las empresas no entran y, muy importante, la Wikipedia opera al margen del mercado y no tiene competidores. Por tanto, no sirve de modelo para la producción de una economía amparada por las CC, que aspire a salir de la precariedad y a conseguir renta.

De ahí que siga abierta la cuestión, para mí muy acuciante, de cómo ganar en fortaleza, construyendo comunidades que tengan capacidad productiva, pero también de agencia y de negociación, alrededor de la economías que, sea por motivaciones éticas, sea por motivaciones prácticas, están utilizando las CC.

 

Índice de imágenes
1.- Parecido pero diferente (ColaBoraBora, cc by sa)
2.- Las cuatro libertades del software libre (ColaBoraBora, cc by sa)
3.- Laboratorio de licencias (ColaBoraBora, cc by sa)
4.- Articularse en comunidades (ColaBoraBora, cc by sa)
5.- Margarita Padilla


Margarita Padilla. Ingeniera y programadora informática en la cooperativa Dabne. Impulsora de Sindominio (1998) y activista por el software libre y la capacitación de las mujeres. Fue directora de la revista Mundo Linux (2000-2006). Entre sus obras, El kit de la lucha en Internet (Traficantes de sueños, 2012). Puedes contactar con ella en marga_arroba_dabne.net

 

 

ColaBoraBora

En ColaBoraBora nos dedicamos a diseñar y facilitar entornos y procesos de innovación y colaboración centrados en las personas. Explorar, abonar y cimentar, nuevas formas de relación, organización, producción y propiedad, para afectar positivamente el entorno en que las personas viven y trabajan, desde las comunidades de las que forman parte.

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